Bibliotecas míticas

Historia fascinante

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Si pensamos en bibliotecas de la Antigüedad, ninguno podemos obviar a la inmensa Biblioteca de Alejandría, el gran centro intelectual de la época. Pero, lo cierto es que hubo muchas otras que rivalizaron con ella, pisándole los talones y creando otros focos de saber y estudio. ¿Cuáles fueron? ¿Qué queda de todas ellas? ¿Cómo surgieron?

Todos los palacios de la Antigüedad contaban con registros y depósitos de documentos. Los reyes necesitaban un archivo donde se guardasen documentos importantes, como registros de leyes aprobadas, cartas y correspondencia diplomática con otros monarcas, listas fiscales o de las reservas de alimentos y sobre todo, los libros. La necesidad de guardar todos estos documentos dio origen a las primeras bibliotecas, sobre todo en Oriente Medio, en ciudades como Mari o Nínive. Tiempo después, ya en la etapa helenística, los reyes buscaron prestigio creando las bibliotecas más grandes, en una especie de carrera intelectual por la mayor acumulación de libros y saber. En torno a estas instalaciones culturales se aglutinaban intelectuales, filósofos y sabios, que fundaban escuelas vinculadas a la biblioteca y que impulsaban diferentes corrientes filosóficas. Es el caso del Liceo de Atenas, cuya fundación estuvo vinculada a Aristóteles, especializada en el estudio de sus textos y de su pensamiento. La Biblioteca de Alejandría, creada por la dinastía ptolemaica y su gran interés cultural, fue la más grande e importante de la Antigüedad, con registros que hablan de más de 400 mil volúmenes y todo un enjambre de bibliotecarios y sabios que se encargaban de mantenerla y desarrollar su saber.

Pero, hubo otras grandes bibliotecas que son poco conocidas actualmente y que eran dignas competidoras del faro de saber de Alejandría. Es el caso de la Biblioteca de la ciudad de Pérgamo, situada actualmente en lo que hoy es Turquía. Esta ciudad se convirtió en una de las polis más ricas del mundo griego, se dice que sus tesoros y reservas de dinero eran legendarias, y estaba gobernada por la dinastía atálida, grandes coleccionistas de arte y libros. De esta forma, fue casi inevitable el desarrollo de una biblioteca, que pronto comenzó a ampliarse y a competir directamente con la grandeza de Alejandría, llegando a acumular más de 300 mil volúmenes. Se decía que los libros estaban bajo la protección de Atenea, diosa patrona de la ciudad y divinidad del saber. Pérgamo era además uno de los grandes productores del sustituto del principal soporte de la Antigüedad para los textos, el pergamino, frente al papiro. El pergamino resultaba más duradero y fácil de acumular. Además, en torno a esta Biblioteca surgió una importante escuela de filosofía estoica, importante corriente que se extendió durante el Imperio Romano. Las guerras de la región y donaciones forzosas realizadas a Alejandría, así como el declive de la ciudad, conspiraron para que poco a poco la Biblioteca fuera decayendo.

Detrás de Pérgamo, venía la Biblioteca de Celso, en otra rica ciudad de Asia Menor, Éfeso, famosa por su imponente templo dedicado a Artemisa, considerada una de las 7 maravillas del mundo antiguo. La hermosa fachada de esta antigua biblioteca aún puede contemplarse hoy en día, reconstruida (foto de portada). Con el avance de los siglos y la expansión del Imperio Romano, muchos libros fueron trasladados y llevados a Europa Occidental. Así surgirá la Biblioteca Ulpia de Roma, creada por el emperador Trajano, donde se resguardaban pergaminos en griego y latín, aunque con números más humildes: en torno a unos 10 mil volúmenes. Mientras tanto, Oriente no se quedó atrás: en Bizancio se construyó la Scriptoria, un inmenso centro dedicado a copiar obras del papiro al pergamino que se transformó en la Biblioteca Imperial de Constantinopla. Incendios, saqueos y todo tipo de calamidades se abatieron sobre esta institución, pero muchos libros fueron llevados en secreto a Occidente, antes de la caída de la ciudad en manos de los musulmanes. Así, el saber de los antiguos filósofos y eruditos de Grecia y Asia Menor pudo llegar a Europa Occidental en épocas medievales, llevando la luz de aquellos antiguos sabios a un nuevo renacer.

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