Especies sagradas

Historia y curiosidades

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Los árboles han sido objeto de fascinación por el ser humano desde el origen. Símbolos divinos, de fuerza celestial, de las potencias misteriosas que gobiernan el mundo, los árboles han sido considerados metáforas de la unión entre el cielo, al cual alzan sus ramas, y la tierra, donde se sumergen sus raíces. De ellos se obtienen alimentos, madera para construir y hacer fuego, sombra o incluso agua, como en el caso de los baobabs africanos, funcionando como suministradores de vida y energía.

Columnas vivientes del cosmos, los árboles han sido considerados canalizadores de la energía del Universo, así como seres antiguos llenos de sabiduría, metáfora del anciano sabio presente en todas las culturas. Es por ello, que para muchas tradiciones del mundo, existen árboles sagrados, con dos variantes: se reverencian especies determinadas (como el álamo o el avellano) o un ejemplar en concreto, resguardado y protegido debido a estar consagrado a alguna divinidad o hecho importante.

En las tradiciones europeas hay muchos ejemplos de este culto a los árboles sagrados. Un caso importante es el de los pueblos celtas, que veneraban a los bosques y florestas de la Europa atlántica. Los druidas poseían lugares determinados donde realizaban sus ceremonias y reuniones, normalmente situados en los llamados nemetón, marcado por un árbol maestro de tronco grueso, el núcleo sagrado del bosque. El espino, el avellano o el acebo son algunas de las especies más reverenciadas por los celtas, habitados por seres divinos y espíritus benignos.

Otra de las mitologías que incluyen a los árboles es la nórdica, vinculada a los países escandinavos. Estos pueblos incluían en su tradición la figura de Yggdrasil, el fresno que servía como la columna vertebral que sostenía los 9 mundos mitológicos y que funcionaba como escalera por donde ascendían o descendían las divinidades. Símbolo del equilibrio cósmico, estaba dividido en tres secciones (raíz, tronco y copa) que representan el nacimiento, la vida y la muerte. En la cultura griega los árboles eran custodiados por las ninfas, a las que había que venerar si uno quería cortar un ejemplar, arriesgándose a enojarlas si no se hacía así. Especial veneración se tenía hacia los álamos y los cipreses, símbolos del inframundo y de la muerte.

Fuera de Europa, podemos mencionar al sicomoro que era venerado en el Antiguo Egipto, como dador de vida y con cuya madera se solían hacer amuletos. Lo mismo ocurre con la palmera datilera, extremadamente resistente a los calores y la escasez de agua de los desiertos, llamado el «árbol de la vida» por los beduinos. O el caso del baobab, que tiene una extensa relación con las culturas del continente de las sabanas, siendo venerado como un árbol mágico. Al ser considerados hogar de espíritus y seres divinos, se les suele realizar ofrendas, colocadas entre sus raíces por los creyentes; bajo sus ramas también es común enterrar a los fallecidos. Multitud de tradiciones y mitos rodean a estos enigmáticos árboles, como la creencia de que quien tome agua de él estará protegido de los animales.

Se dice que el baobab fue en su origen un frondoso espécimen, bello e imponente, que llegó a desafiar a los dioses y estos castigaron su arrogancia dándole vuelta, enterrando su copa y dejando sus raíces al descubierto, de ahí su extraña apariencia. En la India, entre los árboles que se veneran está el pariyata, que destaca por su belleza y sus flores, que se pensaba que provenía de uno de los paraísos hindúes. Todo ello, nos muestra la importancia de los grandes árboles para las diferentes culturas, celebrados y adorados por diferentes motivos, desde su fortaleza a su importancia para la supervivencia humana. Símbolo tradicional de la vida, no podemos olvidar su vinculación a Andrómeda, representada como el árbol de la vida con sus muchas ramas cósmicas.

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