La puerta de las ideas

¿Las ideas tienen dueño?

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Hoy les ofrecemos la editorial de Anael, escritora de varios libros sobre filosofía cósmica y metafísica, cofundadora de Origen Estelar, conferenciante y compositora. Tomemos un momento para leer sus palabras y reflexionar acerca de las ideas, cómo han sido utilizadas para manipular socialmente y el alejamiento de su potencial como caminos de creación. ¿Por qué siempre repetimos las acciones?

Desde el momento en el que aparecieron las ideas, el humano tuvo la oportunidad de evolucionar hacia un sistema de vida organizado según su tiempo y frecuencia. En cambio, nuestra civilización decidió ir por otros caminos y utilizarlas para formar castas, dogmas y por último, divisiones. Pocos se percataron de que las ideas evolucionan como si tuvieran conciencia propia y que nos dan la oportunidad de continuar con nuestro propósito que, no es otro que el de cincelar y llevar a la raza humana a un estadío superior.

Los humanos insisten una y otra vez en los mismos conceptos, cuya clonación se manifiesta año tras año, década tras década. Las palabras se pegan como saliva viscosa a los labios impulsivos y a veces inquisidores, ya nadie sabe pensar por sí mismo y ello no deja lugar al nacimiento de las nuevas ideas, aquellas que acompañan a los individuos, las que nos liberan del pasado, las que no muestran la Luz. Como consecuencia, las mentes se nublan, los sentidos se deforman, los cuerpos se encadenan a la lujuria de la pereza y a ese eterno miedo que sirve de excusa para todo.

Ya nadie tiene esperanza de dejar su huella y lo que es peor ¿en manos de quién dejamos que esto suceda? ¿Las ideas tienen dueño? ¿Las ideas solo surgen en las mentes de los poderosos? Una idea es la representación de algo, ya sea material o inmaterial, real o imaginario, concreto o abstracto, a la que se llega tras la observación de ciertos fenómenos, la asociación de varias representaciones mentales, la experiencia en distintos casos. Es un plan o intención, es una creencia u opinión sobre algo. Todas estas acepciones están  disponibles en cualquier diccionario, clarificadas y a la vista de todos nosotros, acreedores de esa grandeza que nos otorga una idea. Pequeña o intermedia, puede salvarnos.

Las ideas son reflexiones para compartir otros recorridos; podremos o no estar de acuerdo con ellas, que realmente importa poco, pues una idea siempre es un camino, un enunciado que en definitiva puede llegar a cambiar el rumbo de tu vida. El humano ha demostrado tener una vulnerabilidad increíble con las ideas, llevándolas en muchos casos hacia el fanatismo, o incorporándolas para la seducción o el control. Porque una idea, si la recibe un oyente, puede llegar a convertirse en un decreto; si éste la hace propia, ciegamente sin reflexionar, sin sentirla, sin escuchar qué nivel de conciencia la está transmitiendo, entonces solo resta experimentar y caer, rozar la piel, sangrar sin saber el porqué.

Nunca fue tan fácil el engaño como en las últimas décadas. Tan sólo es necesario subir al escenario a interlocutores con los que el colectivo se pueda llegar a identificar o sentirse atraídos por ellos y el resto es historia. Las ideas de generaciones anteriores fluirán por la boca del comunicador, haciéndolas propias para jactarse de ser poseedor de inteligencia; masticando y triturando en sus discursos el origen por las que fueron concebidas y que hoy en este nuevo escenario, el comunicador como verdugo, da muerte a aquella historia tan solo con pronunciarlas. Las ideas hay que refrescarlas y adaptarlas al momento presente para que nuestra civilización no caiga en el mismo bucle repetitivo. Necesitamos dar un salto, concebir y forjar ideas auténticas que nos sintonicen y sincronicen con la cúspide universal.

Friedrich Nietzsche se preguntaba “¿Qué es la palabra? La copia en sonidos de un estímulo nervioso” Quizás debamos de comenzar por ahí, por escuchar nuestro propio sonido y dejar que las imágenes se asomen sin condicionarlas, dejémoslas a ellas que nos muestren el camino. Dejemos aflorar la autenticidad porque será ella quien sane nuestros labios.

En Amor, Anael

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