Formas y colores del cosmos

Artistas inmortales

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Precursor del surrealismo, Wassily Kandinski fue uno de los grandes pintores del siglo XX. Estudioso de las formas y el color, creó todo un lenguaje nuevo para el arte, vinculando las tonalidades con las vibraciones o el cosmos. Impulsor de las vanguardias y las nuevas corrientes pictóricas, su aporte al arte de su época es indiscutible.

Wassily Kandinski nació en Rusia en 1866, en plena época zarista. Procedente de una familia pudiente de comerciantes, vivió entre la capital rusa y Odessa, en la actual Ucrania. Se formó en las artes, impulsado por su familia, y estudió Derecho en Moscú, convirtiéndose en profesor. Tuvo una enorme influencia de los impresionistas de finales de siglo, gracias a exposiciones que se realizaron en Moscú y que le permitieron descubrir esta nueva corriente artística que intentaba demoler las estructuras tradicionales del arte. Monet fue una de sus grandes inspiraciones. Decidió abandonar su cargo como profesor y viajar a Alemania, donde se dedicó por completo a la pintura, en la ciudad de Múnich. Viajó por Europa, donde poco a poco empezó a ser conocido por sus originales obras, que comenzaban a esbozar el surrealismo. En 1917 la Revolución Rusa lo hizo retornar a su patria, inflamado por los nuevos aires que se vivían. Pero, desencantado con sus compatriotas, retornó a Alemania, hasta que el ascenso del nazismo lo llevaron a Francia, donde vivió hasta su fallecimiento en 1944.

El arte de Kandinsky marcó el devenir de la pintura del siglo XX. En la ciudad de Múnich empezó a desarrollar sus pinturas, con una etapa inicial de experimentación. Estaba fascinado con las vanguardias que recorrían los salones europeos y por ello creó una fundación cuyo objetivo era impulsar la llegada de las obras de estas nuevas corrientes a Múnich. En 1911 dio un paso más, creando «El Jinete Azul» una asociación de artistas que tuvo una enorme influencia en el mundo pictórico de entonces, impulsando el expresionismo y la vinculación entre el artista y el espectador de su arte. No solo influyó decisivamente en Alemania, sino que abrió las puertas a esta corriente en Francia y otros países de Europa y América. Kandinski se vinculó estrechamente con Helena Bavlasky y la corriente teosófica, iniciando un estudio profundo de cada elemento de su pintura, desde el color a las formas y figuras. Publicó dos libros donde daba a conocer las conclusiones de sus estudios, que lo lleva a desarrollar toda una teoría donde se entremezcla el arte y el ámbito espiritual. Para Kandinski el color es fundamental, escondiendo todo un lenguaje que influye emocionalmente en el espectador y en el que cada tonalidad se convierte en una vibración que aporta un mensaje concreto.

El artista también se centró en el análisis de las formas y geometrías. El punto, la línea y sobre todo la forma más perfecta, el círculo, metáfora de la perfección del cosmos y del alma humana. La perfección y la calma son representadas por el círculo, al que el pintor le da una importancia fundamental. Otra de sus geometrías predilectas fue el triángulo, la escalera por la cual el artista lleva al espectador, alcanzando solo la cúspide de la mano de los «Maestros». Y por último la línea y el punto, símbolos de la dualidad y la unidad. De la mano de Kandinski, la figura alcanza su madurez, la cual explota y rompe sus limitaciones, abriendo las puertas al surrealismo que se desarrolla a partir de sus obras. Sin encorsetarse en ningún estilo, se atrevió a utilizar todo tipo de materiales, como tinta, acuarela u óleos. Sin duda, sus cuadros llenos de la belleza del color y las formas marcaron un antes y un después en la pintura del siglo XX. Kandinski nos enseña un nuevo lenguaje, así como la vinculación del arte y el espíritu.

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