El retorno de la imaginación y los sueños

Arte y pintura

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Eugene Delacroix fue uno de esos artistas que definió una nueva etapa en las artes. ¿Quién fue este artista francés? ¿Cuál fue su aporte a la historia de la expresión artística? Nos sumergimos en una época de intensos cambios sociales, culturales y políticos, la etapa del Romanticismo de principios del siglo XIX, de una Francia revolucionario bajo el mandato de Napoleón Bonaparte. Delacroix nunca dejó de pintar, buscando el secreto de la luz y los colores, rechazando el racionalismo y reivindicando la imaginación y los misterios.

«La Libertad guiando al Pueblo»

La extensa historia del arte esta marcada por los extremos. Cada corriente artística está caracterizada por un cambio con respecto a la anterior, lo que en un siglo gustaba en el siguiente se buscaba justo lo contrario. Y así, el siglo XVIII está definido por el neoclasicismo, el retorno a la belleza ideal, a los cánones del clasicismo grecolatino y a la búsqueda de la perfección en la forma y el color. Pero, la llegada del siglo XIX vuelve a girar las tornas y aparece la corriente Romántica, que denostaba al neoclasicismo y buscaba romper la idealización y el perfeccionismo. El arte se vuelve sentimental, busca generar desconcierto, expresar emociones con escenas dantescas, frenesí y acción, se recurre a los sueños y a la irracionalidad. Del ideal clásico de Roma se pasa al engrandecimiento de la Edad Media y a la reivindicación del nacionalismo europeo, convirtiéndose el pintor en una especie de iluminado, un genio que lleva una vida que rompe cualquier convención social. Mientras, Europa se encuentra inmersa en una etapa de turbulentos cambios, las monarquías se tambalean y la Francia surgida de la Revolución de 1789 parece imponer su orden a todo el continente. La Revolución Industrial incipiente y el estallido independentista de las colonias americanas han originado un nuevo panorama mundial.

En esa realidad tuvo que vivir Eugene Delacroix, el pintor que marcó una nueva era en las artes. Nacido en una familia acomodada del interior de Francia, se trasladó con su familia a París en 1805, donde comenzó su formación como artista. Estudió en el Liceo Imperial, para luego pasar por los talleres de diversos pintores, siempre cerca de ese faro de la expresión artística: el Louvre. Pronto se acercó a la crema y nata de la intelectualidad, en las típicas tertulias de época, en compañía de escritores y músicos. Empieza a pintar sus obras, con cierto apego a las reglas del neoclasicismo, para luego comenzar a definir un nuevo estilo, más agresivo, colorido y emotivo. Sus primeras obras generaron desconcierto e incluso rechazo, pero poco a poco comenzó a consolidar su pintura característicamente romántica, como en su obra «La Muerte de Sardanápalo». El paso clave se produjo en 1832, cuando pudo realizar un viaje al Magreb, visitando Marruecos y Argelia, donde quedará totalmente prendado de los intensos colores, la luz, el exotismo y las gentes de aquellos lugares, algo que marcará su obra en adelante. Al retornar a Francia, su estilo es ampliamente aceptado, recibiendo numerosos encargos y pasando a formar parte de la célebre Academia de Bellas Artes. En ese momento realiza algunas de sus obras más conocidas, como «La Libertad guiando al Pueblo», que expresa una gran fuerza dramática y la potencia de los ideales revolucionarios franceses. Fallece en 1863, sin dejar nunca de pintar.

«La muerte de Sardanápalo»

Delacroix dinamitó las bases de la pintura tradicional, un visionario que abrió las puertas de una nueva etapa en el Arte. Su influjo fue constante en las décadas siguientes, influyendo en los impresionistas y expresionistas. Sus obras expresan sentimientos, emociones, buscando provocar consecuencias en el observador. Estudió ampliamente el efecto de la luz y los colores en la mente, intentando generar un deleite en aquellos que se acerquen a sus cuadros. Demostró que en la irregularidad, en la intensidad y el frenesí también hay belleza. Delacroix quería hallar la realidad oculta, extraer lo real, que el arte tradicionalista escondía tras figuras ideales y perfectas. Reivindicó la imaginación, los sueños y la mal llamada fantasía como fuentes de inspiración, así como la magia de las enigmáticas ruinas medievales, catedrales o castillos. Se apartó de la racionalidad y buscó nuevas herramientas de expresión. Su obra está llena de escenas vívidas, hermosas en su desorden natural, llenas de expresión y siempre con la influencia de su mentor de otra vida, el escritor italiano Dante. Junto a grandes figuras como Liszt o Baudelaire, marcó una nueva etapa en las artes, no solo de Francia, sino de toda Europa, sirviendo de primer exponente del Romanticismo que después de extendería por todo el continente y otros lugares. Delacroix, sin duda, fue uno de esos muchos virtuosos y pioneros que demolieron lo que existía para dejar espacio a lo que vendría en el futuro, un adelantado a su tiempo.

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