Distopía vs Armonía

Reflexionar

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El año 2020 está marcando un punto de inflexión en la Historia contemporánea, será uno de esos años que requerirán de un capítulo entero en los futuros manuales de Historia, de igual forma que 1492, 1789, 1929 o 1939. El mundo cambió y parece cada vez más lejana la posibilidad de retornar a aquel Diciembre de 2019. Escenas e imágenes que hasta hace poco parecían normales, se han vuelto sinónimo de peligrosidad y riesgos: conciertos y espectáculos desbordados, aviones repletos, sitios turísticos atiborrados o el transporte público saturado de gente intentando llegar a su trabajo a tiempo. El crecimiento vertiginoso de la población, el despoblamiento rural y la alta urbanización eran procesos que desembocan en ciudades desbordadas y una gran masificación. ¿Era esto algo sostenible? ¿Iba a durar para siempre? Nos hemos acostumbrado a movernos entre multitudes para cualquier acto cotidiano, al contacto colectivo en la calle y los atascos. Todo había sido copado por el espíritu de la masividad, a la falta de límites y a la búsqueda de números cada vez más altos.

Pero, entonces surgió el cisne negro: el COVID-19, que trastocó todo. Desde la hermética China, el bichito se infiltró en los aviones repletos, expandiéndose a todo el mundo en cuestión de semanas. Ciudades enteras paralizadas, suspensiones de partidos de fútbol y conciertos, colegios cerrados,… Tuvimos que cambiar nuestros hábitos de vida, preocuparnos (más) de la limpieza y de nuestra salud, nos quedamos en nuestros hogares, mientras el mundo parecía eclosionar ante nuestros ojos. Las calles se quedaron silenciosas en las noches y los coches se quedaron en los estacionamientos, nos vimos reducidos a nuestros instintos más ancestrales: el hogar, la comida y la seguridad. Obligados a renunciar al cine, restaurantes o el teatro y a todas las distracciones del ocio, a reunirnos con los familiares,… las ciudades mostraron su cara más fría como gigantescos calabozos de cemento y cristal. Volvimos a nosotros mismos, y lo demás quedó enmudecido. Ahora bien, ¿qué encontramos en nosotros al quedarnos solos y en cuarentena? Es un excelente momento para mirarnos y descubrirnos, analizar a todo aquello a lo que estamos encadenados y a lo que ahora no podemos acceder. ¿Somos dependientes de nuestras amistades? ¿de salir todos los fines de semana? ¿del alcohol? ¿de salir a correr o ir al gimnasio? Estos «vicios» son los que hemos utilizado para construirnos y mostrarnos, pero ¿es bueno ser tan dependiente de algo?

A pesar de lo que nos han inculcado familiar y socialmente, las experiencias no son ni buenas ni malas, las experiencias sirven para avanzar y mostrarnos desafíos con los que crecer. Es por ello, una buena opción para salir del sentimiento general de quejas y ansiedad, tomar cada situación de la vida como una enseñanza y una forma de descubrirnos. Como Anael y Elder nos explican, somos viajeros estelares con una historia de contar. Los obstáculos y experiencias que vivamos y superemos en este contexto distópico tal vez sean nuestras enseñanzas para los que vengan después o para los que nos acompañan. La vida y el mundo están siempre llenos de cambios, el futuro asegurado no es más que una ilusión que cambia en cualquier momento. Aprovechemos cada instante de este presente insólito para algo más que lamentarnos delante de la televisión y temer el futuro. Como nos dice Anael, la realidad es la que construimos. Démosle un gran SI a la vida y sigamos caminando hacia lo que nos depare esta maravillosa experiencia de vivir.

«En la vida actual hay demasiado ruido, y eso hizo que la gente tema al silencio… Saben que si se callan van a escuchar de verdad y eso a veces, es muy doloroso»

María Teresa de Calcuta

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