Las murallas de nuestro organismo

Salud y ciencia

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En esta actualidad en la que se habla con profusión de vacunas, virus y medicina es importante recordar uno de los sistemas más importantes que compone nuestro templo físico: el inmunológico. ¿Cómo funciona? ¿Cómo nos defiende? ¿Cómo fue descubierto? Todo ello nos permite descubrir una vez más la maravilla de esta máquina biológica que nos sustenta.

En el 403 a.C. la ciudad de Atenas en Grecia sufrió el azote de una plaga. Los galenos de entonces, en medio de la tormenta, observaron que aquellas personas que ya se habían infectado con anterioridad no se contagiaban. Aquel destello momentáneo abrió un camino hacia descubrir la inmunología, que se demoraría largos siglos. En África, diversos pueblos restregaban heridas de personas enfermas en individuos sanos para protegerlos de las infecciones. En el Imperio Otomano, desde finales de la Edad Media, se solía inmunizar (variolizar, como se decía entonces) a niños con restos de costras de contagiados de la viruela, algo que tuvo excelentes resultados. Mientras, en el resto de Europa se seguía creyendo que las enfermedades procedían de miasmas o gases infectos que emanaban los volcanes o los terremotos. Fue una mujer, Lady Montagu, cuyo esposo era embajador en Estambul, quien observó las técnicas de los otomanos para inmunizar frente a la viruela y se llevó sus ideas a Inglaterra. Aquellos primeros pasos llevaron a los grandes descubrimientos del siglo XIX, de la mano de Louis Pasteur y de otras figuras que empezaron a estudiar el funcionamiento del sistema inmunológico y los microbios.

Nuestro organismo, así como el de animales o plantas, posee defensas frente a amenazas externas, articuladas mediante el llamado sistema inmunológico. Esta increíble maquinaria biológica que nos sustenta posee todo un complejo armado que le permite reaccionar y detectar todo tipo de agentes externos nocivos. Este sistema posee varias líneas defensivas. En primer lugar están las barreras físicas como la piel o las mucosas de las aberturas (boca, nariz, ano,..) que en todo momento repelen atacantes, mediante mecanismos como la tos o los estornudos, las lágrimas o la orina que expulsan elementos nocivos. Superada esta barrera, se activa la segunda, compuesta por todo un ejército de leucocitos (células blancas) que patrullan constantemente buscando infiltrados, viajando en la sangre. Al detectar al enemigo lo destruyen englobándo o devorando. ¿Cómo descubren a los invasores? Se trata de una respuesta automatizada del organismo, frente a amenazas que el cuerpo detecta por sí solo. Sin embargo, los virus y bacterias han ido desarrollando maneras de infiltrarse y confundir a los que defienden el cuerpo.  Es por ello, que si fallan la primera y segunda línea, aparece la tercera, la más sofisticada.

Los linfocitos son capaces de aprender a detectar nuevos agentes nocivos del exterior, memorizando cada patógeno y desencadenando reacciones para destruirlo cada vez que lo detectan. Es lo que se conoce como memoria inmunológica, la principal herramienta que posee el organismo para defenderse de nuevos virus o enfermedades. En este principio se basan las vacunas, que inoculan antígenos de un patógeno para que el cuerpo lo detecte y aprenda a neutralizarlo. Es por ello, que los bebés carecen de defensas y son los más expuestos a cualquier agente vírico o bacteria. Reciben su primera protección a partir de la madre, a través de la leche materna y de su paso por el tracto al momento de nacer, que le aporta anticuerpos básicos, pero de corta duración. Será el desarrollo del cuerpo y su posterior aprendizaje el que construya y consolide el sistema inmunológico, que debe ser cuidado con una buena alimentación y evitando el sedentarismo. Todo esto nos demuestra el auténtico poder de nuestro organismo, una máquina biológica increíble, un templo físico que día a día sorprende por su complejidad y profundidad. Un vehículo que nos permite además desarrollarnos y habitar en esta dimensión, abriendo puertas al Ser multidimensional.

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