Dependientes del afuera

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El ser humano lleva siglos buscando ahí afuera… El amor está en el otro, la felicidad en lo que tenemos, la sabiduría en lo que nos enseñan, la tranquilidad en lo que almacenamos, las respuestas están siempre ahí afuera. Nos hemos vuelto dependientes del exterior en todo sentido, sin mirar hacia nosotros, buscando en los demás todo lo que demandamos. Hemos despreciado el mundo interior, la intuición, la sabiduría interna, todas las herramientas que de forma natural poseemos, en función de un exterior que nos soluciona todo y nos aporta todo lo que necesitamos (o creemos necesitar). El ser humano se ha rodeado de excusas, de peroratas y debates infructuosos, muros invisibles tras los cuales nos acomodamos, acusando a los demás y a lo que nos rodea de nuestros fracasos. 

La inestabilidad es ineherente a lo que nos rodea, el Universo está en constante cambio, nada permanece, todo evoluciona. Si ponemos toda nuestra fuerza, si nos volvemos dependientes de este exterior en continuo movimiento, no nos sorprendamos si nada permanece igual. Si nos aferramos al exterior, nuestra vida estará sujeta a fuerzas ajenas, a cambios bruscos e incontrolables. Luchar contra estos cambios, como un Don Quijote contra los molinos de viento, no es la solución. Entender y aceptar el devenir de lo que nos rodea es el camino de la sabiduría, como explicaban los yoguis de la India. La Humanidad ha olvidado esto, endilgando las culpas a esta realidad cambiante, como si criticasemos al cielo por ser azul o al Sol por brillar demasiado. Y ante esta frustración provocada por no entender lo que nos rodea nos hemos vuelto criticadores integrales, refugiándonos en nuestras excusas, dependiendo de fuerzas exteriores que no nos responden como queremos ni podemos manejar. 

Un ejemplo de esta dependencia es la pesada sombra que la política proyecta sobre muchos. La felicidad, la tristeza, el éxito personal, la consecución de nuestros sueños, dependen de un Gobierno o de las decisiones de un gobernante. Nos hemos vuelto individuos encadenados a lo que sancione un Congreso o un Presidente. Hemos llegado a lo que se ha llamado Estadolatría, delegando la resolución de todos nuestros problemas en el ominipotente Estado, un ente protector y todopoderoso, capaz de decidir nuestra suerte o nuestra desgracia. Las personas se han desvestido de todo su potencial y han dejado en manos de este Estado divino todas las decisiones, la resolución de cualquier problema: desde una lamparita fundida en una luminaria hasta el éxito de un negocio. La eterna «situación» material de la generalidad es excusa y mandato superior, la balanza que decide todo.

Dicen que la pereza y la indiferencia son el veneno para la libertad. En la película animada Wall-E hay una interesante premonición: la sociedad futura como una generación de personas obesas atadas a la tecnología e incapaces de hacer nada por sí mismas, que redescubren las emociones y la libertad gracias a dos robots aventureros. ¿Seguiremos encadenados a nuestras pantallas electrónicas, dejando que nos sigan vaciando de contenido y delegando todo en el exterior? ¿Seguiremos siendo simples comentaristas de un partido o saldremos a la cancha a patear el balón? Dejemos de depender tanto del exterior y creamos más en nosotros mismos, tomemos la posta de nuestra vida a pesar de los contextos que nos rodean. Si nos redescubrimos, podremos acceder a todas las herramientas que poseemos, a todo nuestro poder como seres estelares y multidimensionales como nos explican incansablemente Anael y Elder, fundadoras de Origen Estelar. Somos seres libres, capaces de superar cualquier dificultad, resilientes, dotados de todas las herramientas que necesitamos para ser capaces de llevar nuestra vida adelante. Solo tenemos que creer en nosotros mismos y desencadenarnos de ese contexto eternamente adverso.

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