Las iglesias templarias de África

Etiopía

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La nación africana de Etiopía tiene algunos récords insospechados: se considera el país cristiano más antiguo del mundo y fue el único territorio africano que se mantuvo libre de la dominación europea durante la época colonial. Esta inmensa nación de montañas, grandes ríos como el Nilo Azul y estepas desérticas esconde muchos secretos, entre los que destaca la joya más preciada: las antiguas iglesias de Lalibela, al norte del país. Su importancia y valor histórico es incalculable, siendo un lugar sagrado para los cristianos etíopes, herederos de los coptos egipcios y parte de la Iglesia ortodoxa. Pero ¿por qué es tan importante este antiguo lugar? Para entenderlo, debemos sumergirnos en la fascinante historia de este país africano.

Iglesia de Biete Ghiorgis, Lalibela

Se calcula que el Cristianismo entró en Etiopía hacia el siglo IV, cuando un monje llamado Frumencio logró convertir al monarca de lo que entonces era el Reino de Aksum. Poco a poco la región fue evangelizada, creándose monasterios e iglesias por el territorio. Mientras, la dinastía de Aksum que gobernaba por entonces el territorio entró en decadencia y finalmente se desmoronó. Las crónicas hablan de una misteriosa reina judía llamada Gudith (que significa «diablo») que devastó el reino, algo de lo que no hay muchos datos históricos y se mezcla con las leyendas. De las cenizas del antiguo Aksum surgió un nuevo reino, gobernado por la dinastía Zagüe, que se preocupó especialmente en mantener el Cristianismo y consolidarlo, mientras en el Norte arreciaban las guerras con el Islam. Uno de los reyes de esta enigmática dinastía fue Gebre Mesquel Lalibela, el monarca que encargó la construcción de las fascinantes iglesias.

Se cuenta que el rey Lalibela tuvo una visión en un sueño, en el que vislumbró Jerusalén y el Templo de Salomón, entonces en medio de las Cruzadas y las guerras de los Templarios y tiempo después las visitó. Cuando la Ciudad Santa fue tomada por los musulmanes, el rey decidió fundar una nueva Jerusalén en su ciudad natal, llamada Lalibela en su honor. De acuerdo a las leyendas, con la ayuda de los «ángeles» se erigieron con milagrosa rapidez 11 iglesias y el río fue rebautizado como Jordán, mientras que otras fuentes afirman que fueron levantadas por los mismos Templarios. Estas iglesias destacan por haber sido excavadas en la misma roca roja de la zona, a unos 40 o 50 metros bajo el nivel de superficie, esculpidas en un solo bloque de piedra. En un estado de conservación excepcional, las iglesias aún son utilizadas por los creyentes. Algunas poseen columnas, pero el elemento más repetido es el de la estrella de 4 puntas iguales, la cruz griega o lemuriana, un motivo claramente templario. Una de las más fascinantes de estas construcciones es Biete Ghiorgis, con una planta que representa la cruz griega antedicha.

Convertidas en Patrimonio de la Humanidad, lo cierto es que aún se sabe muy poco sobre ellas, ni siquiera su autoría o su fecha de construcción han podido ser confirmadas. Se cree que pudieron haberse construidas hacia el siglo XII. Lo cierto es que son construcciones inéditas, siendo las iglesias monolíticas (hechas en un solo bloque de piedra) más grandes del mundo. Las cruces de brazos iguales que las adornan con profusión son motivos vinculados a los Templarios y sus famosas cruces pathé herederas de una simbología aún más antigua, vinculada a Lemuria y la Atlántida, como nos explica Anael en su obra «Descubre tu Origen Estelar». Su significado hace referencia a la unión con la Divinidad y la reunión con la fuente suprema, algo que mantuvieron los Templarios y que reprodujeron en sus iglesias y fortalezas. Una cruz cuya simbología seguimos repitiendo hoy en día sin darnos cuenta, siempre que nos santiguamos, unificando la energía cósmica (vertical) con la terrenal (horizontal). Edificaciones como estas nos recuerdan el valor inmortal de los símbolos y las huellas dejadas por aquellos guerreros del Temple.

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