La potencia de la vida

Una fuerza imparable

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Los científicos se asombran de los datos que se recogen en la zona de Chernobyl, afectada hace años por uno de los peores accidentes nucleares de la historia. Contra todo pronóstico, la vida no solo no se ha replegado, sino que prospera en una zona afectada por la alta radiación. La vida nos vuelve a demostrar que es una potencia inquebrantable, resiliente a cualquier circunstancia, capaz de abrirse camino en cualquier situación, incluso en el contexto más adverso.

Bisontes en los bosques de Prípiat

El 26 de abril de 1986 durante unas pruebas de rutina en la central nuclear de Chernobyl, se desató el caos. Un sobrecalentamiento en uno de los reactores provocó un incendio en la planta, hizo volar la tapa del reactor y se produjo el escape. Miles de personas tuvieron que ser trasladadas de las ciudades de Prípiat y la más lejana Chernobyl, mientras que las emanaciones nucleares de la central lanzaron material radiactivo a la atmósfera, afectando a la mayor parte de Europa. En torno a la planta se creó una amplia zona de exclusión, vedada a cualquier persona por los altos niveles radiactivos, zonas que permanecen deshabitadas. La ciudad de Prípiat es un caso muy curioso, una ciudad congelada en el tiempo y abandonada, un escenario de una película apocalíptica.

Pero, ¿qué ocurre en este lugar casi 33 años después del accidente nuclear? La lógica o las suposiciones nos podrían sugerir que, azotada por la radioactividad, esta sería una zona muerta. Pero, lo cierto es que la vida vuelve a demostrar que nada la puede frenar. 4.200 kilómetros libres de la actividad humana se han convertido en un auténtico vergel donde prosperan la vegetación y numerosas especies animales. Los estudios realizados por diversos grupos de científicos tanto en Bielorrusia como en la Zona de Exclusión de Chernobyl en Ucrania, muestran una auténtica explosión de la vida silvestre. Se ha registrado incluso el aumento del tamaño de los animales, algo que no es debido a la radioactividad, sino a la inexistencia de la presión humana. Zorros, alces, corzos, linces o mapaches han reconquistado el terreno, incluidos los osos pardos, especie exterminada por el ser humano hace 100 años que no existía en la región.

Eso no quiere decir que la radioactividad no haya generado efectos nocivos. En las expediciones realizadas para estudiar el terreno, se descubrió que la contaminación repele a los microorganismos y bacterias que se encargan de descomponer la materia orgánica, lo que hace que el ciclo de los nutrientes se ralentice. Por otro lado, se detectó un alto nivel de cataratas o malformaciones en los animales. Pero, aun así, la vida sigue adelante, como nos demuestran los estudios hechos en las golondrinas de la zona, que han logrado desarrollar defensas inéditas contra las bacterias, algo que no se registra en otras zonas. Esto nos demuestra la capacidad inconmensurable de la vida de regenerarse, así como la del propio planeta, una resiliencia imparable. La potencia de la vida supera cualquier adversidad, a pesar de todas las cifras, gráficos y datos que apunten a lo contrario. Hay vida en todos los lugares, incluso en los que no debería haber.

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