Los orígenes de la alquimia

Misterios y enigmas

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La alquimia sobrevivió guerras, revoluciones y el paso de muchos siglos, pero ¿qué fue la alquimia? Sus orígenes se pierden en las tinieblas del pasado, en figuras míticas casi divinas. ¿Qué sabemos de estos antiguos sabios e investigadores? Bajo el nombre de la alquimia se engloban muchos elementos, desde magos perseguidos en la Edad Media a filósofos y pensadores que buscaban respuestas.

La alquimia es mencionada en libros, películas y muchos ámbitos, sin embargo, ¿qué hacían los alquimistas? Su objetivo principal era desvelar lo oculto, estudiando la materia y transformándola para obtener una sustancia mágica, ya fuese la Piedra Filosofal o el Elixir de la Inmortalidad. Los alquimistas fueron los primeros químicos, analizando los minerales, gases y líquidos, buscando transmutar los metales y obtener el oro. Gracias a sus arcaicas investigaciones se logró por ejemplo obtener la pólvora o el temido «fuego griego». Formaron sociedades y grupos cerrados, transmitiendo sus conocimientos a unos pocos elegidos y organizando lo que se llamó el hermetismo, vedada a los demás. Aunque utilizaban sobre todo las fuentes orales, se escribieron obras, donde se empleaba un lenguaje secreto, místico y casi esotérico. Pero mucho más que una protociencia, la alquimia fue sobre todo una escuela filosófica que buscaba desvelar los misterios de la Naturaleza a través de la purificación interna, el estudio y la introspección.

El origen de la alquimia es difícil de determinar. Surgió en muchos puntos a la vez, desde las culturas mediterráneas, a China o India. En los templos mesopotámicos ya tenemos algunos indicios de estas prácticas, pero parece que esta disciplina se consolidó en el Antiguo Egipto, donde surgieron sus grandes exponentes. Es el caso del sabio faraón Keops y sobre todo Hermes Trimegistro, una figura casi mítica que es vinculada al dios egipcio de los escribas y la sabiduría, Thot. Su Tabla Esmeralda es considerada el origen de la alquimia y la hermética, sobre la cual se han escrito multitud de libros y obras. Tiempo después, con la llegada de griegos y romanos, el centro alquímico se situó en Alejandría, capital del saber de la época, donde surgieron numerosas figuras que practicaban la alquimia.

Dios Thot egipcio, representado con cabeza de ibis o de babuino

Uno de ellos fue el misterioso Zósimo de Panópolis, un alquimista egipcio a quien se atribuyen las obras más antiguas de este saber y al que conocemos sólo por traducciones de épocas posteriores. A él se le atribuye un antiguo papiro del siglo III donde se describe la técnica para fabricar cerveza. Zósimo escribió una auténtica enciclopedia hermética y alquímica, mencionando a eruditos dedicados a esta disciplina. Es el caso de una extraordinaria mujer, María la Judía, una figura que se pierde en el tiempo, que algunos vincularon con María Magdalena o incluso Moisés. Esta mujer hebrea parece que fue una gran intelectual y filósofa, impulsora de la alquimia, mencionada con honores por muchos autores y sabios de entonces. Entre sus grandes logros está la invención de objetos para la sublimación y condensación (como el alambique o aparatos de reflujo) o por ejemplo el Baño María, llamado así en su honor.

María de Magdala o de Betania nos intruyó a todos en las artes del sacerdocio egipcio, la alquimia y las virtudes de la sangre, sobre todo a Jesús, que mostró un especial interés en ello y que fue el primero en comprender cómo podemos transformar la sangre en un motor nuevo para la vida trascendida.

Descubre tu Origen Estelar, La Piedra Angular. Anael, Editorial Kier.

A María la Judía se le atribuye haber fijado los dos procedimientos básicos de la alquimia: la leucosis y la xantosis, mediante el cual se blanqueaban o amarilleaban las sustancias. Junto a María podemos mencionar a otra gran erudita, Cleopatra la Alquimista. Escribió uno de los principales tratados de alquimia, el Crisopea, cuya importancia reside en los símbolos sagrados que contiene. Es el caso de la serpiente que se devora a sí misma, una metáfora del eterno principio y final que se repetirá incluso en época medieval, o la estrella de ocho puntas. Los alquimistas se vincularon al cadúceo de Hermes, el dios griego, con una serpiente entrelazada. Lamentablemente, la mayoría de las obras de alquimia fueron destruidas durante el año 300, cuando el emperador Diocleciano ordenó asediar Alejandría y destruir cientos de libros. Sin embargo, la alquimia permaneció viva y continuó su transformación a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días.

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