La princesa desaparecida

Un caso lleno de luces y sombras

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Este año se cumplen 100 años del trágico final de la familia imperial rusa, hecho que fue revisado muchas veces por los historiadores por la posibilidad de que la princesa Anastasia hubiera sobrevivido. La posibilidad de una sobreviviente de los Romanov hubiera generado una gran polémica y fue un caso que marcó la mayor parte del siglo XX, entre juicios, farsantes, películas y leyendas urbanas. Pero, ¿en qué se basaron las teorías que apoyaban la supervivencia de la princesa? ¿Cómo fueron los hechos?

Las hermanas Romanov, Anastasia en el medio de pie.

Anastasia Nikolayevna nació en 1901, en un ambiente privilegiado. Hija de los zares de Rusia, Nicolás y Alejandra, la niña tuvo una infancia de privilegios en palacios y residencias imperiales. Según las crónicas reales, la niña era especialmente traviesa y descuidada. Para inculcarles autoridad según las costumbres de la época, vivía austeramente y tomaba duchas frías por la mañana, dedicando la mayor parte del tiempo a coser o a aprender algunos rudimentos de cultura. Mientras, fuera de los palacios el descontento social iba en aumento, sobre todo a partir de las dificultades que generaba la participación del subdesarrollado Imperio Ruso en la Primera Guerra Mundial. En 1917, la Revolución bolchevique provocó la caída de la monarquía y el estallido de una guerra civil. Los zares fueron detenidos y sacados de San Petersburgo con destino incierto.

Llevados de un lugar a otro, terminaron en la ciudad siberiana de Ekaterimburgo, donde eran mantenidos como prisioneros. El avance de las tropas del monárquico Ejército Blanco hicieron temer a los comunistas que los zares fueran liberados, por lo que se ordenó su muerte, acaecida en la noche del 17 de julio de 1918. Sin embargo, la leyenda de que no todos murieron fue extendida y se alimentó de muchas teorías. Las autoridades bolcheviques anunciaron al día siguiente que la zarina Alejandra y sus hijos habían sido enviados a un «lugar seguro» y meses después se negoció con Alemania el intercambio de la zarina y sus hijos por prisioneros políticos rusos. El cónsul británico sir Charles Eliot afirmaba que la versión de los asesinatos era falsa y que varios miembros de la familia real habían sido enviados en tren. La enfermera real Natalia Mutnich aseguraba que las mujeres habían sido trasladadas a la ciudad de Perm y posteriormente a Moscú.

Revolución Rusa

En medio de todas estas historias, aparecieron muchas Anastasias que reclamaban el título imperial. El caso más polémico fue el de Anna Anderson. Descubierta en 1920 en Berlín, cuando intentaba suicidarse, fue ingresada en un hospital psquiátrico donde afirmó que era Anastasia, salvada por un soldado bolchevique que se había enamorado de ella. La noticia apareció en todos los diarios provocando un gran interés público. La mujer se reunió con parientes de la familia imperial, para probar la veracidad de su identidad. Pero la mayoría la rechazó, mientras que otros como la hija del doctor imperial o uno de los hijos de la princesa Irene, la aceptaron. Curioso fue el encuentro con la gran duquesa Olga quién primero la aceptó. «Mi corazón se niega a aceptarlo, pero mi corazón dice que la pequeña es Anastasia» dijo la duquesa, pero posteriormente acabó rechazándola. Se inició un juicio que se cerró recién en 1970, en el que el tribunal se declaró incompetente para decidir si lo que afirmaba Anna Anderson era verdad.

La verdad llegó finalmente tras la caída de la URSS. Cuando se exhumaron los restos de la familia imperial en Ekaterimburgo, el caso parecía enredarse aún más: no se encontró el cuerpo de Anastasia. Pero en 2007, se encontraron finalmente el cuerpo de la princesa en los restos de una hoguera cercana, siendo confirmados los huesos por diversas pruebas. Además, muestras de ADN realizadas a Anna Anderson, fallecida en 1984, demostraron que la mujer era una farsante. El caso quedaba cerrado. Pero ello no impidió que muchos rusos siguieran venerando a los zares y su familia, canonizados por la Iglesia ortodoxa cómo mártires. En el imaginario popular también quedarán multitud de películas y obras sobre la princesa, como la que le valió el Oscar a Ingrid Bergman.

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