La leyenda de El Dorado

La tierra del oro

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En 1492 las goletas de Colón arribaron al Caribe, produciéndose el inicio de la conquista de América. Hordas de aventureros y conquistadores atravesaron el Atlántico en todo tipo de barcos y naves para iniciar la búsqueda de oro y objetos preciosos que les permitieran hacerse ricos. Se inicia también la decadencia y expolio de las culturas mesoamericanas por los ávidos europeos que buscaban hacerse con territorios y esclavos sumisos. La Iglesia llamaba a evangelizar a estos “gentiles” adoradores de serpientes e ídolos de oro, devastando los templos y levantando iglesias y monasterios por doquier.

Balsa Muisca

Uno de estos exploradores fue Núñez de Balboa, quien se internó en las selvas y junglas del istmo de Panamá. Los nativos se asombraban de la locura de los españoles por el oro y la plata y muchos llegaron a creer que se alimentaban de estos metales. En medio de estas expediciones por Panamá, un cacique llamado Panquiaco le aseguró a Balboa que yendo hacia el Sur llegaría a tierras donde “se hartarían” de oro. En esta afirmación se mezcla el intento del cacique de alejar a los invasores de sus tierras y el conocimiento de que en lo que actualmente es Colombia había importantes culturas que producían oro en grandes cantidades. Los conquistadores siguieron hacia el Sur, abriendo el camino hacia las conquistas de Colombia, Perú y Venezuela.

Los indígenas empezaron a contar historias sobre reinos de oro y plata: en un principio se hablaba de un cerro de oro que guardianaban los guerreros tayronas en Santa Marta (Colombia), pero más adelante otra historia sedujo a los conquistadores y los llevó a entrar en las densas selvas de la región. En algún lugar entre la jungla y en medio de una espléndida ciudad de oro, vivía un cacique con su esposa, que fue descubierta en adulterio. Defenestrada y llena de culpas, se tiró a un lago donde se sumergió en las aguas oscuras. El cacique, arrepentido, consultó a los sacerdotes y estos le dijeron que su esposa vivía en un palacio bajo las aguas y que para que su alma se salvase debía entregar todo el oro del mundo al lago. Por ello, se celebraba una ceremonia en la que muchos objetos de oro macizo eran vertidos a las aguas como ofrendas, mientras que el cacique debía entrar en el lago cubierto totalmente de oro. Usaba una balsa con fogatas de incienso para llegar al centro y allí se bañaba, siendo así investido de su poder como gobernante.

Aquella historia acrecentó la codicia de los españoles que se asentaron en Colombia y desde allí encabezaron numerosas exploraciones a través de los ríos y los riscos que emergían de las selvas. Mientras, Francisco Pizarro devastaba el imperio inca en Perú y llegaban noticias de los magníficos tesoros descubiertos allí y enviados a los Reyes Católicos, acrecentando la fiebre aurífera. Expediciones como la de Diego de Ordás o García de Lerma siguieron el cauce de los ríos Orinoco y Magdalena, sin encontrar el fabuloso lago de oro. Muchos murieron en medio de la incansable búsqueda, victimas de las enfermedades o las flechas venenosas. De esta manera se fue descubriendo la región y se fundaron diversas poblaciones y asentamientos.  En 1534 se conquistaba Quito y debido a las leyendas que les contaban los indios, decidieron llamar a esta región El Dorado.

Fue finalmente Gonzalo Jiménez de Quesada quien penetró en la región central de Colombia y descubrió a los Muiscas o Chibchas. Esta cultura con origen hacia el 800 después de Cristo era la que realizaba las famosas ceremonias en el lago sagrado, el llamado Guatavita. Tenían un avanzado conocimiento de la metalurgia y producían muchos refinados objetos de oro o de la aleación conocida como tumbaga (oro, plata y cobre). Pero interpretaban al metal dorado no como fuente de riqueza y poder sino como un equilibrador cósmico que también les permitía comunicarse con sus divinidades, tenían solo la función de ofrendas o de armonizadores de la sociedad indígena. Por ello, la mayoría de los objetos de oro producidos no tenían otro uso que el de ser vertidos a las aguas, pocas horas después de haber sido fabricados.

Laguna Guatavita

Este pueblo fue masacrado por la expedición de Quesada y sus 800 hombres, deslumbrados por los objetos de oro que encontraron. La locura llego a tal punto que se intentó drenar la inmensa laguna para sacar sus fabulosos tesoros sumergidos, sin ningún éxito. Sin embargo se hallaron muchos objetos dorados, la mayoría de los cuales fue fundido para vender el metal precioso. Algunos resistieron: es el caso de los tunjos, placas de oro con figuras antropomorfas o la célebre Balsa Muisca (foto primera) una muestra del avanzado arte de esta cultura, que representa la ceremonia del lago sagrado. La mayoría de estos se encuentran en el Museo del Oro de Bogotá o en el Museo Británico de Londres. Sea como sea, esta carrera mortal por hacerse con el dorado metal provocó la destrucción de las culturas indígenas y la muerte de muchos exploradores europeos. La maldición del oro no perdonó a nadie y pronto atrajo a otras potencias europeas, intentando arrebatarle territorios a la Corona española, «en cuyas tierras nunca se ponía el Sol».

 

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