Viviendo en una ecovilla

Otra forma de vivir

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El crecimiento desmesurado de las ciudades en las últimas décadas, junto con todos los problemas que ello conlleva (inseguridad, masificación, trafico insoportable, saturación de servicios públicos) ha generado intentos por crear nuevas formas de poblamiento. En los 90, en Argentina y otras partes del mundo, muchas familias decidieron abandonar las ciudades para asentarse en los barrios cerrados y countries, algo reservado a las clases pudientes. Mientras que ya desde los 80, aparecieron diversas comunidades que buscan una mayor conexión y respeto con la Naturaleza y ser autosuficientes.

Frente al creciente fenómeno de urbanización mundial, otros van a la inversa y deciden irse a vivir al campo o asentarse en lugares sin uso en las afueras de las ciudades. Es el caso de los pioneros de este movimiento de urbanización alternativa: Christiania en Copenhague, Dinamarca. Ya en los 70, grupos de personas se asentaron en viejos barracones militares en desuso creando una comunidad que fue un imán en Europa para aquellos que buscaban una vida diferente y generó un fuerte debate social. Chistiania fue creciendo hasta convertirse incluso en un espacio de autogobierno, que se considera independiente de Dinamarca y posee sus propias instituciones. Sin llegar a este extremo, este movimiento fue creciendo en otros lugares y expandiéndose.

Nacen las ecovillas, comunidades rurales que buscan retornar a un mayor contacto con la Naturaleza y ser sustentables. Es el caso de la Ecovilla de Los Ángeles en EEUU; Los Portales en Sevilla, España; y otros muchos lugares, surgiendo una red internacional que las agrupa, el GEN (Global Ecoville Network) creada en 1995. Uno de los mayores impulsores de este movimiento es Robert Gilman, cuya definición de ecoaldea es bastante explicativa: “es un asentamiento humano, concebido a escala humana, que incluye todos los aspectos importantes para la vida, integrándolos respetuosamente en el entorno natural, que apoya formas saludables de desarrollo y que pueda persistir indefinidamente”. De esta intención de ser permanentes, surge el concepto de permacultura, que intenta lograr que estas formas de poblamiento puedan permanecer el mayor tiempo y se consoliden.

En Argentina hay muchos ejemplos de ecovillas. Es el caso de Pueblo Mampa en Villa María, Córdoba o el CIDEP de El Bolsón en Rio Negro. Pero, sin duda, la más representativa es la ecovilla Gaia en Navarro, provincia de Buenos Aires, a cuyo fundador Gustavo Ramírez pudimos entrevistar. “Gaia surge de la intención de generar otro camino para relacionarnos entre las personas y la Naturaleza. Entendemos que la sociedad se encuentra en un camino de explotación del planeta e intentamos que nuestras vidas vayan en otra dirección”. Nacida en 1991, se instaló en un campo de 20 hectáreas y media, donde poco a poco se fueron creando plantaciones y levantando construcciones con materiales naturales. En este lugar se logró crear un sistema sustentable y autosuficiente que produce sus alimentos, construye sus viviendas y genera el 100% de su energía. Obtienen sus propias semillas, que además envían a otros agricultores.

«Valorando y haciendo uso de todos los recursos que están disponibles para nosotros, nada se desperdicia» David Holmgren, uno de los padres de la Permacultura

“Así como tenemos capacidad para destruir o contaminar también tenemos capacidad para crear y mejorar, hacer de un lugar un espacio de máxima fertilidad. Elegimos cocrear con la Naturaleza en vez de destruirla.” Desde las ecovillas se tiene una mirada crítica con el futuro del sistema económico actual, que busca mantener un constante crecimiento del PIB a costa de explotar los recursos finitos de nuestro planeta y creen que este modelo no se puede mantener eternamente. Gustavo afirma que en estas últimas décadas “hay más consumo, pero limitado porque los recursos se están reduciendo. Y por eso hay reacomodamientos de la economía y pareciera que se tambalea”. Por ello, desde Gaia intentan despegarse de este sistema, pero eso se puede hacer solo “hasta cierto punto”.

¿Cómo es la vida en una ecovilla? ¿qué cambios se producen en sus habitantes?

Gustavo nos cuenta que algunas de las transformaciones han sido el de tener la seguridad de una vivienda y en general, del espacio en el que poder desarrollarse con otras personas y consigo mismo. Las distancias: “no necesito auto, camino o voy en bicicleta de un lugar a otro”. En el caso de la vida en comunidad, no siempre es sencilla pero se intenta que sea lo mejor posible. La gente que acude disfruta del entorno natural, “se siente mejor y en muchos se produce la chispa para decidir hacer un cambio en su vida”. Pero, se trata solo de un primer paso, ya que cambiar la mentalidad urbanita es un largo proceso. Estamos acostumbrados a un círculo enfermizo de comprar y tirar, cambiar un artículo que funciona bien por otro más nuevo o mejor. “Hay que alejarse de las modas” que nos obligan a estar constantemente comprando “lo último”. Intentar que las cosas duren el mayor tiempo y apostar por ser “más resilentes, más sustentables”.

En cierta forma, las ecovillas son lugares de esperanza hacia el futuro. Gustavo nos explica que son sitios donde se demuestra que vivir de otra forma es posible y eso genera mucho entusiasmo. Por ello, en esta intención de mirar hacia adelante, Gaia se ha convertido en un lugar de educación y aprendizaje de los métodos que allí usan para ser sustentables. Es el caso de la Universidad de Permacultura, donde se capacita entre diversos temas a la bioconstrucción, silvicultura, producción y bancos de semillas. De esta manera, se intenta impulsar esta forma de vida en el que la Naturaleza no sea considerada como un espacio de explotación, sino un ente igual a nosotros que debemos proteger.

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