El Machu Pichu argentino

La Ciudacita

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En la provincia argentina de Tucumán se encuentran una de las ruinas incas más importantes del continente. La Ciudacita se construyó en lo alto de las montañas, rodeada de misterio y enigmas, ya que aún desconocemos cual era su función y porque fue erigida en semejante lugar. Poco conocido, este lugar atrae cada vez a más gente que desea perderse entre las ruinas de otros tiempos, construidas mirando a los astros y las estrellas.

Este lugar se encuentra en un emplazamiento difícil. Enclavada en las montañas de los Nevados de Aconquija, la Ciudacita se alza a 4200 metros de altura, donde las temperaturas son heladas o las lluvias arrasan con todo. Para acceder a ella hay que realizar una larga travesía a pie o caballo, desde los llanos de Tucumán o desde la vecina Catamarca. Pero, es el precio que se debe pagar por entrar en un Patrimonio de la Humanidad que muchos han comparado con Machu Pichu. La Ciudacita es el recinto incaico más meridional del mundo, situado dentro del Parque Nacional Aconquija, que protege los bosques tucumanos, región que es conocida en Argentina como “Jardín de la República” por su frondosa vegetación. Fue descubierto en 1949 por un investigador alemán, Henry Würschmidt, aunque los pobladores ya la llamaban “pueblo viejo” y desde entonces no ha dejado de sorprender a todo aquel que la visita.

La Ciudacita está llena de misterios. ¿Qué función tenía una ciudadela construida a semejante altura? Sin posibilidad de cultivar en las cercanías y sin restos de enterramientos, no era una ciudad cualquiera. Los investigadores han propuesto que funcionase como un amplio lugar de ceremonias religiosas, un lugar de reunión, un observatorio astronómico o incluso un punto fronterizo. Pero, por ahora sólo son teorías. Lo que podemos afirmar es que se encontraba en un lugar con excelentes vistas de los territorios cercanos, y con una inmejorable calidad para observar los cielos. Diversos estudios hechos a partir del estudio de la vegetación en la zona apuntan a que este recinto era incluso anterior a la época incaica, siendo construido por los tiawanaku. Cuentan las leyendas que de aquí salió un importante tesoro en oro para pagar el rescate del emperador inca Atahualpa, que estaba preso por los conquistadores en Perú. Pero, al saberse de su muerte, el tesoro fue arrojado a una laguna escondida protegida por un toro de fuego. 

La Ciudacita fue construido con enorme esfuerzo, transportando grandes piedras y con una gran calidad arquitectónica. Y además, fue erigida teniendo en cuenta los factores estelares, tan importantes en aquellas épocas. La ciudadela se compone de dos grandes estructuras: el Centro Ceremonial y Los Corrales, ambos comunicados con un camino de lajas de piedra. En el primero destaca la Puerta del Sol, que indicaba el solsticio de verano, rodeada de muros y con un amplio centro ceremonial donde seguramente se realizaban los eventos o los ritos. En Los Corrales se colocó una piedra que funcionaba como hito, rodeada por una plazoleta circular elevada que le daba una fuerte importancia. Después de analizarla y estudiarla, se descubrió que esta piedra señalaba los equinoccios. Es por ello que este lugar tenía una obvia función astronómica, de observación o de ritos vinculados a las estrellas, como en tantos otros puntos del mundo. El Sol, deidad fundamental para los incas y demás pueblos de la región, era venerado y estudiado por los pobladores de entonces. Por todo ello, Ciudacita es un lugar imperdible, observatorio del Astro Rey, monumento al Sol y a su poderoso influjo sobre el ser humano.

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