La torre de las estrellas

Pozo Moro

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Cerca de una pequeña población española se encontró en 1970 un sepulcro con forma de torre, que pronto se convirtió en uno de los mayores exponentes del arte prerromano. Vinculada a las poblaciones íberas que habitaban antes de la llegada de los romanos, esta torre tiene muchas características que la convierten en un elemento único, y que nos muestra la fuerte vinculación astronómica de estos pueblos. Desde leones solares hasta referencias al héroe Hércules, se nos muestra una cultura orientalizada y con reyes que se hacían enterrar en estas tumbas turriformes.

Sepulcro de Pozo Moro

Chinchilla de Montearagón (foto de portada) es uno más de los muchos pueblos que salpican los áridos campos de la provincia de Albacete, en el interior de España. Pero, todo cambió cuando en la década de 1970 del siglo pasado, el propietario de los campos de Pozo Moro empezó a roturarlos, y es cuando aparecen los primeros bloques de piedra tallada. El propietario inmediatamente suspendió estas actividades y dio aviso a las autoridades. El Museo Arqueológico de Madrid se puso al frente de las excavaciones, pudiéndose desenterrar esta curiosa tumba con forma de torre. Para protegerla, estudiarla mejor, y ante la importancia de los restos, el monumento fue trasladado íntegro al Museo Arqueológico, donde permanece hasta hoy como uno de sus principales atractivos.

Fue construida hacia el siglo VI antes de Cristo, por las poblaciones íberas, nombre que se refiere a diversas tribus que habitaban la Península Ibérica antes de la llegada de las legiones romanas y la conquista. Al contrario que los celtas del norte, los íberos tuvieron un intenso contacto con los pueblos comerciantes que llegaban en barcos desde Oriente: griegos, fenicios o los propios Tartessos. Construyeron algunas ciudades, desarrollaron la metalurgia, el comercio y la agricultura. Las dataciones y los análisis pudieron determinar que esta torre es parte de un sepulcro, de un miembro de alta jerarquía de la sociedad íbera. Posiblemente un rey o gobernante poderoso, que se hizo enterrar con toda la pompa de la época, derivada de lo que venía de Fenicia o Grecia, mezclada con elementos propios. Parece que este lugar se convirtió en un espacio ritual, debido a la costumbre de los íberos de idolatrar a sus jefes muertos.

La torre midió unos 10 metros, sostenida por 3 escalones. Los sillares de piedra que lo componen fueron grabados con inscripciones de gran belleza y fuerte simbolismo mitológico y cósmico. En él se hace referencia al mito de Hércules y sus famosos 12 Trabajos, pero también a las constelaciones que fueron veneradas en prácticamente todas las culturas a lo largo del globo. Desde la propia de Hércules, a las de Hidra, Pegaso o Deneb, representadas por el monstruo de muchas cabezas, los caballos y las aves mágicas. Además aparecen figuras aladas, seres con dos cabezas, o los famosos leones solares que custodian las 4 esquinas del monumento, con sus fauces abiertas, todo con una fuerte simbología estelar. Todo tallado con gran delicadeza y refinamiento, que dotan al monumento de una intensa belleza.

La propia torre simboliza el árbol de la vida, un elemento constante en los cultos de las culturas orientales como la mesopotámica, pero que también son representación de Andrómeda. Para culminar, en lo alto de la torre mortuoria hay una cúspide con forma piramidal, unión entre el mundo terrenal y el celeste, entre lo mortal y lo divino. No es casualidad que en todo el globo, la pirámide haya sido el elemento por excelencia para representar esta comunión indisoluble con el cosmos y el mundo de los dioses. En este ejemplo, esto se repite nuevamente, mostrándonos una cultura íbera muy influenciada por el orientalismo y sus ritos y costumbres, aunque adaptadas al imaginario regional. Los relieves nos muestran el intento de heroizar al rey difunto, así como la intensa interrelación con los dioses y el comos, una constante en la historia de la Humanidad.

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