Las mil y una noches de Medina Al Zahara

En Andalucía

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En su última reunión, la UNESCO añadió una serie de emplazamientos a su lista de lugares de especial protección. Uno de ellos fue la ciudad-palacio de Medina Al Zahra, en la provincia española de Córdoba. Se trata de un lugar de una belleza extraordinaria que nos lleva a otras épocas de caballeros, guerras con los musulmanes y palacios califales. Y como en tantos otros lugares y construcciones de otras épocas, el elemento cósmico no puede faltar en este fabuloso complejo islámico.

Tras la caída del Imperio Romano occidental, en la Península Ibérica se asentaron los visigodos, un pueblo germano que creó un débil reino con capital en Toledo. Este reino sucumbió ante las fieras invasiones islámicas que llegaron por el Norte de África y que solo pudieron ser frenados por los francos en los Pirineos. Este reino islámico en Europa se llamó Al-Andalus, controlado desde lejos por el califa (monarca islámico) de Damasco. Cuando la dinastía omeya de Damasco fue derrotada por los abasies, uno de los omeyas, Abderramán, pudo huir y se trasladó a Córdoba, capital de Al-Andalus. Sería su nieto Abderramán III quien decidió romper relaciones con el califato y se nombró a sí mismo califa, en un claro desafío a los abasies. Para consolidar su poder, decidió construir una nueva capital, cerca de la tradicional Córdoba, en las estribaciones de la Sierra Morena y el fértil valle del Guadalquivir.

Así nació Medina Al Zahra, en el año 936. Medina significa ciudadela, núcleo de poder urbano marcado por la mezquita, el zoco comercial y las residencias de los altos cargos. Zahra o Zahara tal vez hizo referencia a la mujer favorita del califa. Decidido a mostrar todo su poder, Abderramán III ordenó construir una ciudad fastuosa, con todo lo mejor de las artes islámicas, obra que fue continuada por su hijo Al Hakam II y allí se asentó con su corte. Sin embargo, la inestabilidad política provocó la caída del califato y el estallido de la Fitna o Guerra Civil entre los reinos de Al-Andalus. Por ello, la ciudad fue efímera, durando su actividad escasos 80 años, siendo saqueada primero por los propios musulmanes y más tarde por las tropas cristianas cuando se apoderaron del valle, quedando Medina Al Zahra olvidada.  Las primeras excavaciones se iniciaron en 1911 continuando hasta hoy en día, sin embargo aun el 90% de la ciudad sigue sin desenterrar.

Motivos decorativos

Esta ciudad fue llamada “la Brillante” por su belleza. Entre sus construcciones destaca sin duda, el llamado Salón Rico, el palacio donde se recibían las embajadas. Destacan sus arcos de colores rojizos, con columnas del mejor mármol, mientras que las paredes estaban decorados con finos paneles de piedra y madera tallada. No pueden faltar motivos geométricos y vegetales, esculturas de mármol y otros bellos adornos que hacen de este edificio una auténtica joya. Tanto en las paredes como en las techumbres se representaban las estrellas y el cosmos, una muestra más del influjo estelar en cualquier construcción; así como el Árbol de la Vida, símbolo de la Constelación de Andrómeda. Hay que recordar el gran interés de la cultura islámica por el estudio de las estrellas y los astros, como en tantas otras ramas de la sabiduría en aquellos tiempos de prosperidad, siendo Córdoba un faro de conocimiento y sabiduría.  Junto al palacio se conservan las ruinas de la bella Mezquita Aljama, viviendas de altos cargos o la residencia de Abderramán, siempre decoradas con arquerías y los famosos atauriques, motivos que adornaban las paredes con ricos diseños. Una ciudad que tantos siglos después vuelve a brillar ante el mundo y bajo los cielos estrellados.

Arquerías del Salón Rico

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