Bajo las luces de Navidad

El origen de las tradiciones

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En estas fechas las casas se decoran con luces, guirnaldas y arboles de Navidad. Pero, ¿de donde vienen estas tradiciones decorativas? ¿por qué ponemos y adornamos un árbol? El origen de estos ritos se pierde en los tiempos y tienen un significado que muchas veces no conocemos. Por ello, viajemos a otras epocas para conocer el porque de estos actos, incluido el de la propia Navidad, una celebracion que ha sufrido muchas mutaciones y cambios a lo largo del tiempo.

La Navidad cristiana celebra el nacimiento de Cristo, un 25 de diciembre, la Natividad. Pero, la realidad es que esta fecha fue elegida por otro motivo. Antes de la llegada de Jesucristo, en Roma se celebraba la festividad de Saturno, la fiesta del Sol Invicto y una de las más importantes del calendario de la época. Una vez que se instauró la nueva religión en el tambaleante Imperio Romano, varios concilios decidieron empezar a celebrar el nacimiento del Mesías en la misma fecha que las fiestas de Saturno, para favorecer la conversión y mantener una misma linea que no desconcertara a la gente. Algo parecido ocurría en América, ya que incas y aztecas celebraban fiestas solares en esas fechas, por lo que los evangelizadores impusieron el culto católico y las Navidades cristianas, anulando los anteriores ritos.

Sin embargo, la propia celebración de la Navidad fue motivo de disputas, ya que muchos la consideraban “inventada” puesto que no aparecía en la Biblia como tal. Las iglesias protestantes que aparecieron en los siglos XVI y XVII las veían como inventos papistas, símbolo de los excesos y la degradación de Roma, por ello fueron prohibidas en algunos lugares. Es el caso de Inglaterra durante la Reforma anglicana o en EEUU cuando se instalaron las comunidades más puritanas. Hoy en día por ejemplo, los Testigos de Jehová la continúan rechazando y no la celebran. Posteriormente, en el siglo XX se consolida la obligación de hacer regalos, impulsada desde los grandes almacenes de EEUU y la instauración de las figuras de Papá Noel y los Reyes Magos.

En el caso del árbol de Navidad hay diversas leyendas al respecto. El origen parece estar en la costumbre nórdica de adornar un árbol perenne para venerar al dios de la fertilidad, Frey, un árbol que representa al Universo y a los planetas que cuelgan de él. Luego, esta costumbre fue tomada, extendida y modificada en su significado. Otras versiones hablan de un monje inglés que tras talar un roble venerado por los paganos, vio que en su lugar nacía un pino, como símbolo del nacimiento del cristianismo. O también se cuenta que San Bonifacio en el siglo VIII derribó varios arboles, salvándose milagrosamente un pequeño pino por su forma triangular que recordaba a la de la Trinidad. En definitiva, el árbol perenne también simboliza la fe inquebrantable a pesar del tiempo y las estaciones. Su utilización durante la Navidad aparece en Alemania y desde allí se extiende al resto de Europa y EEUU durante el siglo XIX, primero como una novedad en las cortes de palacio para luego llegar a las casas.

Las coronas que le colocamos al árbol o colgamos por la casa simbolizan el circulo del ciclo anual, la regeneración del cosmos. Las bolas representan a la manzana del pecado original, mientras que las piñas decorativas representan a la glándula pineal, lugar donde antes pensaban que se encontraba el alma y la conexión divina. Las luces y velas que decoran nuestras casas alejan la oscuridad y traen buenos pensamientos. En el caso de la estrella colocada en lo alto recuerda a la que guió a los Reyes Magos de Oriente hacia Belén y a estar en presencia del niño Jesús. El acebo ya era utilizado en la fiesta del Sol Invicto en Roma, como planta sagrada de Saturno, mientras que el muérdago era usado en ritos celtas para venerar los solsticios.

Sea como sea, más allá del origen de ritos y tradiciones, lo cierto es que durante las Navidades el planeta se permea de la energía crística del cosmos, la fuerza creadora y transmutadora. Es una buena oportunidad para encontrarse con uno mismo, con la energía propia y aceptar las vibraciones superiores de amor y sabiduría que descienden a la Tierra.

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