Tras las nieblas de Avalon

La leyenda de Arturo Pendragón

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El ciclo artúrico ha inspirado a generaciones por sus valores y marca el rito fundacional de Gran Bretaña, un hito cultural de gran importancia. En general es una unificación de la tradición celta, el cristianismo y la caballería para crear un personaje inmortal que simboliza el poder de la monarquía británica. Pero, ¿qué representa realmente la figura de Arturo? ¿existió realmente? ¿qué sabemos de su reinado? En el momento cumbre de la leyenda, un joven Arturo logró sacar la espada sagrada, Excalibur, clavada en la roca. Merlín, su tutor, le explicó que era el heredero del trono de Inglaterra. La multitud se arrodilló ante el nuevo monarca y comenzó así su mítico reinado. Arturo Pendragón reunió en su castillo de Camelot a los más valientes y honorables caballeros, como Lancelot o Percival, reunidos en torno a la mesa redonda y protagonistas de las más arriesgadas aventuras. Tuvo que enfrentarse a su sobrino Mordred, lo que en definitiva le costó la vida, siendo llevado a Avalon, el reino de las hadas.

[…] Así, Arturo yacía por fin con la cabeza en mi regazo, sin ver en mí a la hermana, a la amante o a la enemiga, sino sólo a la hechicera, la sacerdotisa, la Dama del Lago. Y así descansaba en el seno de la Gran Madre, del que salió al nacer y al que tenía que volver al final, como todos los hombres. Y mientras yo conducía la barca que lo llevaba, no ya a la isla de los Sacerdotes, sino a la verdadera isla Sagrada que está en el mundo de las tinieblas, más allá del nuestro, tal vez se arrepintió de la enemistad que se había interpuesto entre nosotros […] Las Nieblas de Ávalon por Marion Zimmer

En este mito se entremezclan la espada milagrosa Excalibur, el Santo Grial de Tierra Santa y el misticismo de la sacerdotisa-hada Morgana. El mago Merlín es un personaje fundamental, una especie de sacerdote Atlante, que trasciende el tiempo y cuya sabiduría acompaña todo el reinado de Arturo. Algunos escritos relatan que, el mago, era hijo de una mujer y un incubo, un espíritu maligno del aire, pero al nacer y ser bautizado pudo liberarse del influjo de su padre. Otros en cambio, muestran a un Merlín que resurge de tierras lejanas para el hombre común, sin padres, ni hijos. Sus poderes sobrenaturales y el profundo conocimiento sobre la magia, la transformación y el tiempo hizo que su presencia fuera imprescindible para el escenario de aquella época.

La leyenda del rey Arturo es sin duda, una de las más famosas del mundo, pero ¿qué hay de cierto en ella? Tradicionalmente se sitúa entre finales del siglo V y principios del VI. En aquella época, el Imperio Romano se desmembraba arrasado por las invasiones bárbaras y en Britania los romanos se replegaban frente a los anglos, sajones y los violentos pictos y scotos del norte del país. Se sucedieron guerras y batallas en una etapa conocida como “época oscura” por la escasez de fuentes escritas y por la anarquía reinante, en la que varios caudillos intentaron frenar a los invasores germanos. Recién es en el 597 cuando el cristianismo logra afianzarse en Inglaterra, de la mano de San Agustín y sus 40 monjes, marcando el punto de partida de la Edad Media. Es en esta época neblinosa y turbulenta en la que supuestamente existió Arturo.

“Sepan que retornaré cuando la tierra británica me necesite” dijo Arturo a los caballeros tristes que lo despidieron.

Arturo aparece mencionado en varios documentos de la época. El monje galés Nennius tomó nota en su Historia de los bretones de que un guerrero así llamado, junto al “rey de los bretones” dirigió la resistencia contra los invasores. Registró 12 batallas en las que logró derrotar duramente a anglos y sajones. Más tarde, en los Anales Cambrianos aparece mencionada la batalla de Camlann, en la que murieron “Arturo y Medraut” habiendo mucha semejanza entre el nombre Medraut y Mordred de la leyenda. Pero serán Geoffrey de Monmouth y posteriormente Chrétien de Troyes quienes lo hacen pasar a la eternidad. El primero lo incluyó en 2 de sus 12 tomos de la Historia de los reyes de Inglaterra, en una hermosa narración en la que aparecen Merlín, Mordred y la bella Ginevra. Y el poeta francés de Troyes fue el que lo convirtió a Arturo en el caballero ideal y ejemplo del amor cortesano.

Ruinas de Tintagel

Si hablamos de vestigios arqueológicos, la búsqueda de restos de Camelot ha sido una obsesión durante años. En el siglo XII, monjes de Glastonbury aseguraron haber descubierto una cruz con una inscripción con los nombres de Arturo y Ginebra, pero tiempo después se descubrió que era una falsificación. En 1965 se formó el Comité Camelot de Investigaciones y tras varias excavaciones llegaron a la conclusión de que el mítico castillo es el actual castillo de Cadbury. Allí se encontraron restos de cerámica que demuestran la existencia de un cacique ingles hacia el 500, pero los resultados no fueron aceptados por todos. Otros investigadores sitúan al castillo más al norte, en Escocia, cerca de Stirling. El hallazgo que más llamó la atención fue el realizado en 1998 por el profesor Christopher Morris, quien encontró en la villa de Tintagel una pizarra con el nombre latino de “Artognou” fechada en el siglo VI y que pudiera hacer referencia al mítico rey.

Arturo Pendragón como muchos otros en la historia de la humanidad, encarna una energía sublime, de esas que saben a héroe o a Cristo. Pasó por momentos de enormes dudas y por otros de certezas inconmensurables. Mostró que la lealtad, el amor y la voluntad pueden llegar a trascender y traspasar los velos más arduos, así como, demostró junto a Morgana y Merlín, que existen otros umbrales, imperceptibles al ojo humano, pero tangibles para nuestra alma. Por un lado, Arturo se encontraba en la tercera dimensión debatiendo estrategias alrededor de la mesa redonda y, por el otro, se movía con facilidad por la cuarta dimensión, cuya niebla es la metáfora de los velos que hay que traspasar para ir hacia otro nivel vibracional, como es, la Isla de Ávalon. Sea como sea, todos nos hemos identificado alguna vez con alguno de estos enigmáticos personajes y quizás sea un llamado para cruzar nuestras brumas y llegar al otro lado de nuestra propia conciencia.

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