La leyenda del papa mujer

La historia de Juan VIII

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Cuenta la leyenda que en el siglo IX, el Papado se encontraba en medio de turbulentos hechos que desembocaron en el descubrimiento de que había una mujer en el trono papal. La crisis y el declive de aquella época fue caldo de cultivo para estas leyendas, que para los especialistas no es más que una historia inventada para ilustrar el mal comportamiento de los papas en la Edad Media. Pero ¿qué hay de cierto en ello? ¿qué pistas hay de esos sucesos escandalosos?

Antes de todo, necesitamos saber lo que cuenta la leyenda. Tenemos que remontarnos al año 857, cuando la Cristiandad se encuentra en crisis. El Imperio Romano hace tiempo que se desmoronó, dejando a Europa Occidental fragmentada en reinos débiles. La amenaza del islam es enorme, después de la invasión de la Península Ibérica, sólo frenada por los reyes francos. El papado le dio poderes de emperador cristiano a Carlomagno, para intentar poner orden, pero tras su muerte sus herederos se enzarzaron en cruentas guerras. A esto hay que sumar la cercanía del temido año 1000, el supuesto fin de la Humanidad y la llegada del Anticristo.

En esos turbulentos tiempos, Roma tampoco se libra de la decadencia: muchos papas han sido asesinados, traicionados o encarcelados. En ese año el trono de San Pedro está en manos de Juan VIII, quien dirige personalmente una procesión desde la basílica de San Pedro hasta su residencia en el Palacio Laterano, más allá del Tíber. La comitiva papal es vitoreada por los ciudadanos hasta que pasa por un estrecho callejón entre el Coliseo y la Iglesia de San Clemente. Allí, ante la estupefacción de los presentes, el Santo Padre tropieza, se desploma, y se le cae la corona, descubriendo que es una mujer embarazada que da a luz un bebé, en medio de un escándalo mayúsculo. Poco después ambos son ejecutados por los furiosos romanos.

Grabado de la supuesta papisa Juana

A esta terrible historia hay que añadir la que se cuenta sobre la infancia de este papa femenino. Hacia el 818, nació Juana en una aldea a orillas del Rin en una familia de misioneros. Inteligente y muy bella, la joven se enamoró de un monje y decidió disfrazarse de hombre para poder estar con su amado. Cuando ambos son descubiertos, Juana escapó y viajó a varios lugares, como Atenas, manteniendo el secreto de su sexo y empleándose como notario o maestro. Llegó a Roma y su elocuencia e inteligencia provocaron la admiración de los cardenales, accediendo a la corte papal y convirtiéndose en consejero. Cuando el papa León IV murió en 855, Juana o Juan el Inglés como era llamada, subió al trono de la Iglesia. Tuvo un amante, su mayordomo, que la dejó embarazada. Tras el escándalo y su muerte, se nombró rápidamente al papa Benedicto III, registrando la fecha de su coronación el 855, para borrar el rastro del anterior.

Esta es la historia que se cuenta ¿pero fue cierta? Durante muchos años, fue considerada verídica e incluso fue utilizada por los protestantes del siglo XVI para demostrar el declive y la corrupción en los que había caído Roma. En 1415 en el Concilio de Constanza, se tomó esta historia para discutir los poderes papales. El papa Pio II trató de desmentir la historia, sin demasiado éxito ya que estaba muy arraigada en el imaginario popular. Irónicamente, fue un calvinista llamado David Blondel, el que refutó de forma seria estas teorías, en el 1647, cuando publicó un extenso tratado rechazando la veracidad de la leyenda. Actualmente, los especialistas e historiadores la rechazan, considerándola una metáfora simbólica de un periodo histórico turbulento.

Silla stercoraria

Pero hay algunos elementos curiosos a tener en cuenta. La historia del papa Juana aparece en una obra llamada “Los siete regalos del Espíritu Santo”, del monje dominico Esteban de Borbón, del siglo XIII. Y después incorporada en la “Crónica de los papas y emperadores” de otro fraile dominico, el polaco Martín de Troppau de esa misma época. Justo en el lugar del trágico descubrimiento, en el callejón romano, hay una estatua de una mujer con un niño, lugar sistemáticamente evitado por cualquier procesión papal. Además, en la fastuosa catedral de Siena, en una colección de bustos papales hubo uno dedicado al “Papa Juan VIII, una mujer inglesa” durante 200 años, hasta que en el siglo XVI, se ordenó que fuera renombrado como “Papa Zacarías”. Y por último está el extraño caso de la llamada sella stercoraria, una silla de mármol con peculiar forma, que se dice era usada en cada coronación de un nuevo papa después del escándalo de Juana. Tenía una abertura en la parte inferior que permitía a un cardenal comprobar palpando que el papa elegido era hombre. De ahí vendría el verbo “testificar”.

Sea como sea, los especialistas niegan que esta historia fuera real y que la silla era un asiento antiguo de los baños públicos romanos. La historia fue creída durante mucho tiempo, pero no aparece en los registros papales. Lo cierto es que hubo muchas mujeres en Roma y con amplio poder. Amantes que en muchas ocasiones lograron que sus hijos heredaran el trono de la Iglesia, gracias a conspiraciones y alianzas, mujeres nobles y aristócratas. La leyenda del papa Juana sigue generando interés y curiosidad, siglos después de aquellos pontífices medievales.

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