La ciudad de los gigantes

Las ruinas de Tiahuanaco

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Junto al mítico lago Titicaca, en Bolivia, se encuentra uno de los lugares más enigmáticos del mundo: las ruinas de Tiahuanaco. En este emplazamiento, una antigua civilización levantó una impresionante ciudadela, llena de monumentos, palacios, templos y estatuas, trabajadas con un enorme conocimiento de ingeniería y construcción. Entre las magníficas construcciones megalíticas destaca la Puerta del Sol, junto a una pirámide y diversas estructuras como Puma Punku.

Monolito Fraile o Dios del Agua

En 1549 los conquistadores ibéricos llegaron hasta la antigua ciudad, en una expedición liderada por Cieza de León mientras exploraban el Altiplano. Al encontrar las impresionantes ruinas, quedaron muy asombrados, sobre todo teniendo en cuenta que los restos se encontraban en mejor estado que ahora. Los terremotos, el saqueo de los españoles y el uso de las piedras para construir edificios, redujeron la magnificencia del lugar. Pero, ¿quién construyó esta ciudad? Los indígenas contaban que fue edificada por gigantes en una sola noche y que fue destruida por los rayos del Sol.

La ciencia habla de la cultura Tiahuanaco, que habitó y prosperó en esta región hacia el 400 antes de Cristo hasta su crisis final hacia el año 1000 después de Cristo. Sin embargo, todavía no se ha logrado obtener una datación completa. A pesar de ello, se trata de una de las culturas más longevas del continente americano. Su época dorada parece que fue hacia el siglo VI d.C. cuando unas 40 mil personas habitaron en la ciudadela, contaban con una avanzada agricultura, un intenso comercio y un amplio conocimiento de metalurgia de cobre, lo que les permitió someter a los pueblos vecinos. No se conoce su escritura, pero han quedado muchos restos de armas, herramientas y de sus viviendas.

Monolito Ponce, llamado así en honor a su descubridor Carlos Ponce

Tiahuanaco fue su espléndida capital y contaba con grandes edificaciones que siempre han llamado la atención por su monumentalidad y su perfección técnica. Los templos fueron diseñados astronómicamente con una asombrosa precisión, se usaron bloques de piedra de más de 100 toneladas que encajan a la perfección, siendo el material muy duro y difícil de trabajar. Recubrieron las construcciones con planchas de metales dorados, que refulgían al astro rey y adornadas con bellas decoraciones de relieve. La ciudad se extiende por unas 600 hectáreas y la lista de construcciones es larga. Está la enigmática Pirámide de Akapana, que resultó muy dañada por excavaciones realizadas, que tenía unos 17 escalones y 18 metros de altura o también las figuras esculpidas en piedra repartidas por el lugar como el Monolito Ponce.

También, se encuentran las Puertas de la Luna y el Sol, talladas en dura piedra andesita y con abundante decoración de figuras, mezcla de pumas y aves. La Puerta de la Luna está orientada estratégicamente para que durante los solsticios, el Sol salga por la puerta. Cerca de allí, está el Kalasasaya, un enorme santuario con columnas de arenisca, decoradas con gárgolas y un monumental atrio, con una curiosidad: en los muros se tallaron orificios con forma de oído, auténticos amplificadores que permiten oir sonidos lejanos a quien escuche a través de ellos, denotando el gran control de la acústica que tenían estas gentes.

Puerta del Sol

Y por último, pero no por ello menos importante, está el Puma Punku, una enorme estructura piramidal, que nos muestra la época clásica de esta cultura, con una técnica muy depurada. El trabajo sobre la piedra es exquisito, de una calidad pocas veces vista, con sillares encajados perfectamente, decoraciones refinadas y medidas calculadas al milímetro. Su nombre en aimara significa “puerta del puma” y como las demás construcciones, estaba profusamente adornado con planchas de metal dorado, en ella habitaba la selecta clase sacerdotal. Los bloques eran traídos desde cerca del Titicaca, a unos 90 kilómetros de distancia, para levantar estos ciclópeos muros.

Es evidente que surge un nombre al relacionar la construcción de semejantes maravillas, La Atlántida. Arthur Posnansky (1873 – 1946) considerado en el Antiplano como el padre de la arqueología boliviana, fue el primer científico que se interesó por Tiahuanaco. Decidió estudiar las alineaciones de los monumentos en relación con las posiciones de salida y puesta del Sol, para poder determinar la época en la que fueron levantadas las estructuras, dando como resultado el año 15.000 antes de Cristo, época del esplendor de la Atlántida. Pero no todo queda ahí, Tiahuanaco es un enorme calendario cósmico, marca al menos 20 posiciones solares diferentes y cada posición señala a una constelación, Orión, Pléyades, la Cruz del Sur, etc.

Además en su conjunto, es una máquina de precisión para medir el tiempo para la agricultura, y la vida espiritual de sus pobladores. En aquella época Atlante, Tiahuanaco tenía puerto, los vestigios de su vecino Puma Punku, apuntan que fueron los muelles de desembarco de mercancías. Según el investigador y escritor Graham Hancok, observó que en la era del 12.500 a.C, en el Hemisferio Sur, la Constelación de Acuario era la más iluminada, quizás Tiahuanaco fuera el espejo cósmico de esta Constelación ya que tiene símbolos acuarianos dentro de las estatuas de Kalasasaya y en los canales de conducción de agua de la pirámide de Akapana. Aún hoy en día queda mucho por investigar, la mente y la sabiduría humana va más deprisa que los resultados empíricos, pero somos muchos los que sentimos que debajo de Tiahuanaco hay otro Tiahuanaco, que en algún momento resurgirá y cómo no, con muchas historias que contar.

Complejo Kalasasaya

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