El espíritu de la ciencia

James Smithson

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James Smithson, un pudiente científico inglés, decidió donar toda su fortuna a un país que nunca conoció ni visitó, EEUU. ¿Qué llevo a esta persona a tomar esta radical decisión? Smithson nació en 1765 con un estigma. Su madre, Elizabeth Macie, quedó embarazada de sir Hugh Smithson, duque de Northumberland, pero de acuerdo a las costumbres de la época, era hijo ilegítimo puesto que no se habían casado y el padre nunca lo reconoció. Elizabeth luchó porque su hijo no fuera repudiado por la sociedad, en una Europa en la que los títulos eran una garantía de vida y ser ilegítimo era una gran traba jurídica y social. Desde Francia, llevó al joven James de 10 años a Inglaterra, donde consiguió que fuera aceptado como ciudadano británico, pero sin poder servir al Ejército, trabajar en la administración o recibir propiedades de la Corona.

James Smithson (1765-1829)

Durante su vida, James tuvo que soportar el hecho de ser considerado un ciudadano de segunda y a pesar de ser pudiente, nunca fue aceptado como un igual por la nobleza y la burguesía europea. A pesar de ello, pronto se convirtió en un prometedor científico. Estudió en la Escuela Pembroke de la Universidad de Oxford y destacó en química, siendo el estudio de los minerales una de sus pasiones. Obtuvo la maestría e ingresó en la prestigiosa Real Sociedad Británica, recomendado por Henry Cavendish, uno de los más prominentes científicos ingleses. En 1800, tras la muerte de su madre, cambió su apellido a Smithsonian, el que su padre nunca le dio. Mientras, continuó con su creciente carrera como investigador, publicando 27 investigaciones químicas. Descubrió el carbonato de zinc, llamado smithsonita en su honor.

Repudiado por sus contemporáneos, Smithson vio con esperanzas el estallido de la Revolución Francesa en 1789. La promesa de libertad e igualdad, los valores republicanos y el desmoronamiento de la tradicional sociedad feudal, lo atrajeron. “Ya es tiempo de que la justicia y el sentido común tomen su lugar” escribió, y se acercó al naciente Partido Democrático. Pero, pronto se sintió defraudado: la Revolución se sumergió en una fuerte inestabilidad, golpes y contragolpes así como el subsiguiente Imperio napoleónico, que hundió a Europa en una larga guerra. Fue entonces cuando se volvió hacia el otro lado del Atlántico y se interesó por el jovencísimo EEUU, una república liberal que hacía poco se había independizado de la metrópolis británica. El poeta Joel Barlow escribía que su naciente capital, Washington, sería la nueva Atenas del río Potomac. Fue en este país en el que puso sus esperanzas y sus deseos, viéndolo como un modelo a seguir en el futuro.

Habiendo acumulado una importante fortuna, a los 61 años redactó su testamento y legó sus bienes a su sobrino Henry James Hungerford. En caso de que Henry no dejara herederos, tomó la decisión inesperada de que su dinero fuera a parar a manos de  EEUU, para fundar “una asociación abocada al aumento y difusión del conocimiento humano” y fomentar el desarrollo de la ciencia en todas sus facetas. Fue así, como Smithson cedió su fortuna a un país que nunca conoció pero que supuso su revancha contra la sociedad conservadora y su esperanza como republicano. Tras la muerte de Smithson y su sobrino, sin dejar herederos, el Congreso de EEUU debatió si aceptar este regalo, con voces que consideraban indigno recibir dinero de extranjeros. Finalmente los diputados votaron a favor. En 1838 un barco atracó en New York con 105 bolsas de soberanos de oro, que entonces equivalían a más de 500 mil dólares.

Nuevamente hubo debates sobre qué hacer con el dinero. Se propusieron una estación de experimentos agrarios, una biblioteca o un observatorio. Finalmente se decidió construir el llamado Instituto Smithsoniano, adonde en 1908 se llevaron los restos del donante inglés y aún hoy continúan. Mientras, el Instituto quedó en manos de Joseph Henry, un profesor de Princeton que fue su primer director. La investigación se convirtió en el pilar de esta prestigiosa institución, cuyas instalaciones fueron creciendo con el paso de los años, hasta convertirse en una enorme red de 14 museos, bibliotecas, laboratorios y galerías que flanquean el Mall de Washington, su avenida principal. La lista es enorme: el Museo Nacional del Aire y el Espacio, el Museo de Historia Natural, el de Historia de EEUU, el de Arte Africano, las Galerías Freer, Sackler o el Jardín Escultórico, por citar algunas. En sus instalaciones se conserva una parte importante del acervo cultural de este país, llamado “el desván de la nación”. Finalmente, el último deseo de Smithson se cumplió con creces.

La mejor sangre de Inglaterra fluye en mis venas, pero no en mi provecho. Mi nombre debe vivir en la memoria del hombre cuando se extingan y olviden los títulos de los Northumberland y los Percy.

James Smithson

Interior del Instituto Smithsonian

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