Un vínculo inseparable

Mi vida con Totó

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A veces uno se pregunta, como un alma tan grande puede caber en el cuerpo de un ser humano. Este es el caso de Mónica cuyo propósito de vida ha sido el de rescatar de una muerte segura a animales poco convencionales. Esta es la historia de un vínculo inseparable, de un rescate y del compromiso del ser humano con la naturaleza, es la historia de Mónica y Totó. Sin duda, su entendimiento con los animales es algo fuera de lo común en este Ser que vive en las afueras de Mar del Plata. Desde que tiene memoria ama profundamente al reino animal, ya sean salvajes o domésticos, no hay nada que obstaculice su tarea espontánea y natural de ayudar a aquellos que han sido dañados por la locura de los seres humanos inconscientes o desconectados con las leyes de la vida.

Universo y Realidad conversó con Mónica, una mujer fuerte, con voz clara y decidida, quien a pedido de ella, quiere conservar su intimidad, por ello no desvelaremos más detalles sobre su persona. Ella narra con naturalidad y emoción su experiencia de vida, mientras nos muestra las incontables fotos de Totó, un mono que llegó misteriosamente a ella, porque la vida, o quizás su propósito, estaba ligado a tener un vínculo único que ella misma afirma “para mí fue como tener un hijo”

Imágenes de hogar

Desde niña le apasionaban los animales y sentía en lo más profundo de su ser que algún día dedicaría su vida a ellos. “Mis padres nos llevaban al zoológico todos los fines de semana y podía pasarme todo el día allí dentro”. Leones, chimpancés, tigres, ninguno le daba temor, para ella era como ir a visitar a su verdadera familia. Sus planes de estudiar veterinaria se frustraron ante la necesidad de salir a trabajar desde muy joven; fue en aquella época cuando se mudó de la localidad bonaerense de Merlo para ir a vivir a Mar del Plata.

Fue precisamente en la ciudad balnearia, cuando un día apareció un animal poco convencional, el cual habían abandonado cerca de su vivienda. Era un bebé carayá aullador, una especie de primate proveniente del Norte argentino que habita en los árboles de las frondosas selvas. Según ella, este encuentro era inevitable, “siempre presentí que iba a tener un mono”. La cría llegó aterrorizada desde su lejano hábitat y “por alguna razón la gente que lo recibió sabía que se necesitaba a alguien para cuidarlo que tuviera mucha paciencia y amor por los animales. Sin duda era yo la indicada”. Mónica no titubeó en acoger al bebé mono, lo llevó a su casa y comenzó a rehabilitarlo, pero pronto se dio cuenta de sus particularidades físicas: Totó tenía la cadera rota y sus extremidades inferiores no funcionaban. Padecía una hemiplejia severa, por ello no podría ser reintroducido con los otros primates de su especie porque lo rechazarían e incluso podrían llegar a matarle. La dependencia hacia Mónica era absoluta.

“Durante 15 años estuvimos juntos, jamás nos separamos, recorrimos muchos lugares de Argentina. Fueron momentos inolvidables”

Comenzó entonces una autentica carrera de obstáculos que ella realizó con seguridad y templanza. En los años 90 en Argentina no había lugares aptos para tratar este tipo de traumatismo en animales salvajes, por lo que Mónica se vio obligada a pedir consejo en lugares lejanos y recurrir a especialistas comprometidos con los animales, pero también asevera que  “muchas veces encontré incomprensión y rechazo. Fui al Zoológico de Buenos Aires y me preguntaron para qué me preocupaba por él”. Debido a su particularidad hubo que cortarle la cola porque se la mordía, ya que no tenía flujo sanguíneo y para Totó no formaba parte de él; posteriormente le diagnosticaron cataratas y así Mónica tuvo que recurrir nuevamente a especialistas de Buenos Aires, donde pudieron operarlo finalmente.

Su vida estaba totalmente dedicada en cuerpo y alma a este animal que dependía totalmente de ella. Adaptó su casa, le hizo unas bolsitas para cubrirle las patas traseras y siguió una alimentación cuidadosa. “A pesar de todo, Totó era feliz. Solía pasear junto a mi perro que era un San Bernardo de aproximadamente 100 kilos de una manera muy graciosa. Totó se agarraba a su cuello y no se soltaba. Podían recorrer juntos todos los espacios del extenso jardín”. decía Mónica entre risas.

Totó junto a su amigo San Bernardo en el Jardín

Esta valiente mujer se compró una casa rodante porque su trabajo la obligaba a viajar mucho y en los hoteles no aceptaban mascotas exóticas. Su compromiso era total, pero a cambio este primate, el más grande del continente americano, le respondía con amor y adoración hacia ella. La interconexión entre ellos era absoluta, siendo una relación simbiótica gracias a la capacidad de Mónica de formar lazos con los animales y su profundo entendimiento. “Yo sabía con que persona podía dejarlo para que lo tuviera en brazos sin que él se enojara. Él se hacía entender porque Totó tenía un sonido diferente para cada necesidad. Entendí que sin mí, él se dejaría morir, no tendría ganas de vivir. Durante 15 años estuvimos juntos, jamás nos separamos, recorrimos muchos lugares de Argentina. Fueron momentos inolvidables”

“Lo volvería a hacer, una y otra vez, él llenó mi vida y me hizo crecer”

Pero después de aquello, su dedicación a los animales nunca decreció. En Playa Grande encontró un pingüino cubierto de petróleo. “Lo llevé a mi casa y durante un mes le estuve sacando el crudo del plumaje. Lo alimentaba con cornalitos y le intenté dar un hogar apto para él”. El ave marina se salvó porque no había ingerido petróleo y cuando estuvo listo, lo devolvió a su comunidad en el océano, justo cuando otros de sus congéneres pasaban nadando por la costa en su migración hacia el Sur. Más tarde, encontró zorrillos abandonados  “eran diminutos” nuevamente Mónica expresó todo su amor, los cuidó hasta que se hicieron grandes, devolviéndolos a su hábitat natural.

Su experiencia de vida es una de servicio y dedicación, de profundo entendimiento con los animales, de comunicación álmica y mucha perseverancia. A pesar de haber pasado cinco años de la muerte de Totó, Mónica se sigue despertando pensando en él. “Lo volvería a hacer, una y otra vez, él llenó mi vida y me hizo crecer” Esta es una de esas historias de salvadores, que demuestran otra faceta del ser humano. Hay mucho que aprender por delante, pero en este mundo hay seres como Mónica que respetan y que entregan su vida por el prójimo sin miedo y sin duda.

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