Mont Saint Michel

Un lugar mágico

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Atravesando las colinas de un verde exuberante de la Normandía francesa, se llega a las pedregosas costas, azotadas por el omnipresente océano Atlántico. En estas costas cambiantes y difusas por las mareas, hay un lugar que destaca por su sobrecogedora belleza y solemnidad: el Mount Saint-Michel, un peñasco rodeado por la bahía, sobre el cual se erigió una abadía. La leyenda cuenta que en este promontorio, el arcángel San Miguel derrotó al demonio, convertido en un dragón marino.

El lugar ha sido reverenciado durante largos siglos, teniendo su origen en la cultura celta, en la oscuridad de los tiempos. Allí había megalitos y un santuario en honor al dios Sol. Los romanos lo llamaron Puerto Hércules. Con el paso del tiempo, se erigió la abadía, a la que se fueron añadiendo construcciones durante 800 años, surgiendo el impresionante complejo de hoy en día. Se superponen el románico, el gótico o el renacentista, como en un collage monumental. Durante la Edad Media fue un lugar de reunión de alquimistas.

El monte se encuentra rodeado de un increíble paisaje, en una bahía llena de sedimentos, donde las mareas gobiernan a placer, dejando al islote aislado por las aguas del mar o retirándose y permitiendo el acceso por una lengua de tierra. Esto la convirtió en una fortaleza inexpugnable, resistiendo a vikingos, piratas normandos e ingleses. Las campanas de la abadía avisan cada vez que sube la marea. Es Patrimonio de la Humanidad, desde 1979.

Este islote abacial pasó por muchas manos y avatares, a través de la turbulenta historia francesa, llegando a ser prisión, pero no ha perdido su increíble encanto. Numerosos intelectuales, pintores y escritores, como Guy de Maupassant, se rindieron a su belleza. Lugar de obligada visita, permanece hasta hoy en día en su pedestal natural, custodiando los secretos de los mares normandos y bretones.

“Lo había visto primero desde el Cancale, ese castillo de hadas plantado en el mar. Lo había visto confusamente, sombra gris erguida en el cielo brumoso. Lo volví a ver desde Avranches, a la puesta de sol. La inmensidad de sus arenas era roja, el horizonte rojo, toda la inmensa bahía roja también; en cambio, aislada, la escarpada abadía, encaramada allí arriba, lejos de la tierra, como una fantástica mansión, asombrosa como un palacio de ensueño, increíblemente extraña y bella, aparecía casi negra entre los arreboles purpúreos del día que moría”

Guy de Maupassant

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