Isla de los Estados

Postal del Fin del Mundo

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Tierra del Fuego termina hacia el oeste en el cabo San Diego, como si fuera la punta de un pie continental. Muchos creen que más allá, sólo hay mar, los peligrosos oleajes del sur del Océano Atlántico. Pero si nos asomásemos a este cabo, veríamos en la distancia una cadena montañosa de cumbres nevadas, con las faldas veladas por la bruma y las nubes. Se trata de la Isla de los Estados.

Esta isla de forma alargada, tiene más de 500 km cuadrados y está administrada íntegramente por la Armada argentina. En ella habitan 4 personas, entre personal de la armada y encargados de la reserva natural, por lo que la interferencia humana es mínima. Es montañosa, cubierta de vegetación y de una imponente belleza. Posee algunos lagos y sus costas están llenas de bahías y fiordos, los únicos del territorio nacional. Se trata de la última prolongación de la cordillera de los Andes.

Los indígenas de la Tierra del Fuego la podían observar desde la costa, considerándola un lugar mágico. Era vista como la muralla misteriosa de una fortaleza que guardaba el acceso hacia el Este, que daba paso a otras más lejanas y numerosas. Para los aborígenes onas era la Cordillera de las Raíces, el lugar de mayor emanación de poder del Universo, y raíz del mundo. También era llamada, isla de la Abundancia.

Fue descubierta por los europeos en 1526, cuando el español Francisco Hoces la avistó entre la bruma. Diversos exploradores la observaron, creyendo que era una prolongación de Tierra del Fuego, hasta que el holandés Hendrick Brouwer la circunnavegó descubriendo su insularidad. Hubo varios intentos fallidos de instalar astilleros y explotaciones de aceite de foca durante el siglo XVIII. Será finalmente Luis Vernet quien oficialmente la incorpora al territorio nacional, siendo incluida dentro de la Comandancia de Islas Malvinas en 1829.

El poblamiento de la isla siempre fue irregular y complicado. La peligrosidad de las aguas y el aislamiento fueron las principales causas. El comodoro Augusto Lasserre logró instalar un muelle y varias edificaciones, entre ellas el faro de San Juan Salvamento, erigido en 1902. Este faro inspiró a Julio Verne en su obra “El Faro del Fin del Mundo”. También se construyó una prisión. Pero, nuevamente la isla fue despoblada en los siguientes años con el cierre del faro y del presidio. La Naturaleza volvía a ganarle el pulso al  hombre. En 1998 se construyó una réplica del antiguo faro de San Juan Salvamento, un edificio peculiar, hecho en madera y de planta octogonal.

Faro de San Juan Salvamento

En 1991, la isla se convirtió en reserva natural e histórica. Un barco lleva de vez en cuando a un grupo de turistas a visitar la reserva y trasladar a los operarios. Hay una gran diversidad de fauna, con colonias de pingüinos, lobos marinos, abundancia de aves y sobre todo los habitantes más grandes del interior de las aguas: ballenas y otros cetáceos. Las costas agrestes y deshabitadas, con abundancia de rocas, son lugares perfectos para estas especies. Aquí habita el 14% de los pingüinos de penacho amarillo del mundo.

En el interior predominan las elevaciones, alcanzando los 800 metros de altura y con picos cubiertos de nieve. En el punto más estrecho, la isla posee solo 500 metros de ancho. Su vegetación es única: el 96% de las especies son nativas, predominando los guindos y canelos, así como los líquenes. Conejos, cabras y ciervos corren en libertad bajo un brumoso cielo, rodeados por el viento y la soledad del Fin del Mundo, donde el hombre perdió la partida contra la Naturaleza.

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